La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0040

The Fire: la canción de la noche que hablamos de futuro

Relato Semibiográfico

Tenía once años. Once. Una edad rara: ya no eres un niño del todo, pero los mayores todavía te tratan como a uno. Aquella noche me dejaron quedar viendo la tele hasta más tarde. Mis padres se acostaron. Y yo, en lugar de meterme en la cama, me quedé escuchando. La casa en silencio tiene ruidos que de día no oyes. El frigorífico, quejándose. El agua, moviéndose en las tuberías. Y, al fondo, en el descansillo de la escalera, algo que no esperaba.

Salí al rellano. Ahí estaba Javier. El vecino del cuarto. Tendría quince o dieciséis. Lo veía a veces subiendo con una carpeta llena de cromos de fútbol o bajando con unos cascos puestos, la música tan alta que se oía hasta en el ascensor. Esa noche no llevaba cascos. Llevaba un transistor pequeño, de pilas, con la antena plateada un poco torcida. Lo tenía apoyado en la rodilla. Y sonaba algo.

—¿Qué escuchas? —pregunté, en voz baja, como si fuéramos a despertar a los muertos.
Javier ni se giró. —Una canción —dijo. Y sonrió. Una sonrisa rara, que no iba a ninguna parte.

Yo me senté en el escalón de arriba. El olor a tabaco frío, a humedad de fregar la escalera, a esos ambientadores baratos de los portales. El transistor sonaba bajito, como si la música no quisiera molestar a nadie. Pero se oía. Un teclado que parecía una campana rota. Un bajo denso. Y una voz que no cantaba: hablaba, como quien lee una carta que nunca piensa enviar. The Sound. "The Fire". 1981.

—Es rara —dije.
—A mí me gusta —contestó Javier, sin mirarme. Luego encendió un cigarro. No me ofreció, que con once años no iba a aceptar tampoco, pero me dio un poco de corte. El humo se quedó allí, flotando en el hueco de la escalera, moviéndose despacio. Como si tuviera su propio tiempo.

La canción hablaba de fuego. De quemarse. De lanzarse hacia la luz sin miedo. Palabras que no acababa de entender, pero que me hacían sentir algo raro. No miedo. Era otra cosa. Como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de mí y se hubiera colado un aire que no sabía de dónde venía.

Javier tardó un rato en hablar. Cuando lo hizo, dijo:
—A veces creo que no voy a llegar a ningún sitio.
Me quedé callado. No sabía qué responder. Con once años no piensas en llegar a ningún sitio. Solo piensas en que te dejen jugar al fútbol en el patio o en si tu equipo ganó el fin de semana. Pero él lo dijo con una seguridad que me heló. Como si ya lo hubiera aceptado.

—¿Y por qué dices eso? —alcancé a preguntar.
—Porque lo sé. Se sabe.

No añadió nada más. La canción terminó. El transistor empezó a crujir, esas interferencias que parecen un mar lejano. Javier apagó el cigarro contra la pared, dejó una mancha negra que seguro que la portera se llevaría las manos a la cabeza al día siguiente. Se levantó, cogió el transistor, y dijo: —Me voy. Que no me oigan.

Subió los escalones de dos en dos. No volvió la vista atrás. Me dejó allí, sentado, con el olor a tabaco flotando todavía en el descansillo y la cabeza llena de palabras que no entendía. Paredes que se derriten. Fuego. Una distancia que se vuelve crítica.

Nunca volví a hablar con Javier. Se mudaron al año siguiente. O le cambiaron de instituto. No lo sé. Pero a veces, cuando escucho "The Fire", todavía puedo sentir aquella noche. El frío del suelo de baldosa. El humo moviéndose en el aire quieto. Y la voz de Javier, un crío de quince años, diciendo que ya sabía que no iba a llegar a ningún sitio.

Soy aquel niño de once años otra vez. El que se quedó en el descansillo de una escalera, escuchando una canción que no entendía, a un chico que no volvería a ver. Solo la música. Y después, el silencio.

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