No mires a los ojos de la gente: la canción del niño que se escondía
Relato Semibiográfico
En mi casa, cuando venían visitas, yo desaparecía.
No era timidez exactamente. Era otra cosa. Esa sensación de que de repente tu casa ya no era tuya. Que los sillones los ocupaban personas que olían diferente. Que la cocina llenaba el piso entero de voces demasiado altas hablando de cosas que no me importaban nada.
Mi madre me buscaba: «¿Dónde te has metido?»
Yo estaba en el cuarto del fondo. Con la puerta entornada. Con la luz apagada.
Escuchando cómo la reunión de adultos seguía sin mí, perfectamente.
Había un momento muy concreto. El momento en que el murmullo de las voces llegaba amortiguado hasta donde yo estaba, y ya no se entendía nada, solo el tono, el ritmo de la conversación.
Y entonces aquello dejaba de ser gente conocida y se convertía en algo sin forma.
En algo que podía ignorar. En algo que no me pedía que fuera de ninguna manera.
Años después encontré una canción que describía eso exactamente.
Golpes Bajos.
«No mires a los ojos de la gente».
Vigo, 1983.
La letra decía lo que yo nunca había sabido decir: «Escóndete en el cuarto de los huéspedes, con todo a oscuras no pueden verte.»
No sé si Teo Cardalda escribió eso pensando en algo real o en algo inventado. Pero aquella frase me cayó encima como una losa fría y conocida. Como reconocer tu cara en una foto que no sabías que existía.
La voz de Germán Coppini en esa canción es rara. Cavernosa. Más grave de lo normal. Hay algo denso en ella, como si viniera de muy adentro o de muy lejos.
No suena a un chico de veinte años. Suena a alguien que lleva mucho tiempo mirando desde un sitio oscuro hacia fuera.
Alguien me contó una vez que Coppini grabó aquel EP con gripe. Que tenía fiebre. Que el productor decidió quedarse con esas tomas. No sé si es verdad. Pero quiero creer que sí. Porque esa voz que parece salir de una habitación a oscuras, de algún modo, lo hace más real.
Hay un momento, pasado el primer estribillo, en que la voz repite: «Quédate a mi lado, no te marches más.»
Y lo repite.
Y lo vuelve a repetir.
Y no sé si habla de una persona o de algo más difuso. De la propia oscuridad. De ese cuarto sin visitas donde por fin nadie te pide nada.
Yo escuché esta canción por primera vez en una cinta de cassette que me pasó alguien en el instituto. No recuerdo quién. Recuerdo que la escuché de noche, con los auriculares puestos, y que al terminar me quedé unos segundos sin quitármelos. Escuchando el silencio que viene después.
Había algo incómodo en reconocerse en esa letra. Porque la canción no hablaba de un niño simpático que se escondía por travesura. Hablaba de alguien que tenía miedo de la gente. Que prefería la oscuridad a las caras. Que pedía quedarse quieto, protegido, lejos.
Y yo también lo había sentido. Muchas veces. Sin haberlo dicho nunca.
La canción sigue sonando como si la hubieran grabado en un cuarto sin luz. Con la puerta entornada. Esperando a que las visitas se fueran.
Quédate a mi lado. No te marches más.
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