La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0039

The Critical Distance: la canción del teléfono que no sonaba

Relato Semibiográfico

La noche que ingresaron a mi abuelo, yo acababa de cumplir diecisiete años. Me quedé solo en la sala de espera. No era una sala bonita. Paredes pintadas de un verde pálido que ya nadie recordaba, un gotelé áspero que parecía amplificarse en la penumbra y una luz fluorescente que parpadeaba con un ritmo hipnótico, como si estuviera contando los segundos que faltaban para algo. El olor era a lejía, a sudor frío, a esa humedad que sale de los radiadores cuando llevan toda la noche encendidos. No sé cuánto tiempo pasé allí. Las horas se hicieron largas, densas, como si el tiempo se hubiera solidificado dentro de aquellas cuatro paredes.

En la mesilla de noche, al lado de un vaso de plástico con agua y una cuchara, había un teléfono. Uno de esos beige, cuadrados, pesados, con el cable de plástico retorcido. El auricular estaba descolgado. Lo vi nada más entrar. No sé si se había caído o si alguien lo había dejado así a propósito. Me hipnotizó ese pequeño detalle. Me puse a mirar el teléfono mientras esperaba noticias de mi abuelo. El tubo negro, lleno de minúsculos agujeros que parecían respirar, era como la oreja de un animal dormido. El disco de marcar, sucio. Y del cable, colgando de la mesa, solo salía un zumbido monótono, un pitido continuo, bajo y molesto. Era el sonido de la ausencia. El sonido de una conexión que no se establecía.

En la radio de la habitación de al lado sonaba una música baja, casi inaudible, que se filtraba por la pared. Yo creía que eran solo interferencias, o el rumor de la calle que entraba por la ventana entreabierta. Pero con el silencio, la música fue creciendo. Era un teclado que sonaba como una campana ahogada, un bajo denso y una voz que no cantaba, sino que susurraba como una letanía. And Also The Trees. "The Critical Distance". 1987.

No la había escuchado nunca. No supe de quién era hasta años después. Pero aquella noche, en aquella sala de espera, en medio del olor a lejía y al zumbido del teléfono muerto, la canción encajaba como si la hubieran compuesto para acompañar el eco de los pasos de un chico de diecisiete años solo en un hospital vacío. Hablaba de paredes que se cierran, de medir distancias, de una asfixia que sube despacio. Hablaba de no poder levantarte, de no poder alcanzar las paredes de la habitación.

And Also The Trees llegaron de un pequeño pueblo inglés, Inkberrow, y siempre tuvieron algo que no encajaba del todo con el post-punk urbano de su época. Su sonido era rural, sombrío, lleno de referencias literarias y atmósferas de otro siglo. Eran "demasiado english incluso para los ingleses", como dijo John Peel. Y quizá por eso nunca fueron una banda de masas. Su música era para escuchar en soledad, para habitaciones de hospital, para noches de insomnio.

Recuerdo que, mientras la canción avanzaba, el teléfono parecía cobrar vida. El auricular, con su cable colgando, se movía ligeramente, como si alguien al otro lado de la línea estuviera por fin a punto de hablar. Pero no hubo voz. Solo el zumbido. Solo la canción. Solo las paredes que, en mi memoria, se hicieron un poco más estrechas aquella noche. Mi abuelo salió de la operación. Todo fue bien. Horas después salimos del hospital. Pero la sensación de aquella sala de espera, con sus luces parpadeantes, su gotelé y su teléfono descolgado, nunca se ha ido del todo.

Ahora, cada vez que escucho "The Critical Distance", vuelvo a aquella habitación. Vuelvo a oír el zumbido del auricular. Y vuelvo a sentir esa mezcla rara de agobio y de paz que solo te da saber que, a veces, la distancia más difícil de salvar no es la que separa dos lugares, sino la que separa a dos personas en la misma habitación. Soy aquel chico de diecisiete años otra vez. El que esperaba, solo, al otro lado de un teléfono que nunca sonó.

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