La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0051

I Can't Escape Myself: la canción que sonaba mientras España no dormía

Relato Semibiográfico

La noche del 23 de febrero de 1981 nadie durmió bien en este país.

No era miedo exactamente. O sí, pero de ese tipo que no sabes dónde meterlo. Los guardias civiles llevaban horas dentro del Congreso. Mi padre tenía la radio encendida en la cocina. Mi madre no se había acostado. Mi hermana, que tendría siete años, se había quedado frita en el sofá, y nadie la había llevado a la cama porque hacerlo hubiera sido reconocer en voz alta que aquello iba en serio.

Yo estaba en el pasillo, sentado en el suelo con la espalda contra la pared. Las baldosas estaban heladas, aunque la calefacción llevaba horas encendida. Tenía los pies descalzos y la chaqueta de pana que me había puesto por la mañana. No sabía qué hacer conmigo mismo. Los adultos se movían de un lado a otro hablando bajito, como si las paredes pudieran escuchar.

La cocina olía a café y a los cigarrillos que mi padre encadenaba uno tras otro. También a la sopa que nadie había terminado. Un olor espeso y quieto, que se había metido en las cortinas, que decía que aquello seguía siendo una casa aunque por la tele no pararan de hablar del Congreso de los Diputados.

Recuerdo los sonidos. La voz del locutor de radio, midiendo cada palabra como si tuviera miedo de decir algo de más. El ruido de una silla. Mi padre tosiendo. Una puerta que se cerró de golpe y no supiste si había sido la corriente o alguien que había salido. El silencio entre frase y frase del locutor, que era peor que las frases. En ese silencio solo se oía el motor de la nevera, haciendo ese runrún constante que de repente parecía lo único normal en la casa.

En algún momento me levanté y me fui a mi cuarto. No porque quisiera dormir. Porque no sabía qué hacer con el cuerpo. El pasillo estaba a oscuras. Encendí la luz. La bombilla tardó un segundo en arrancar, y en ese momento el cuarto pareció más vacío de lo que era.

Sobre la mesilla, al lado del despertador, había un cassette. No recordaba haberlo puesto ahí. Uno de esos casetes sin carátula, de los que te prestaban en el colegio, con la caja de plástico rota y una etiqueta blanca donde alguien había escrito algo a bolígrafo que el tiempo se había comido casi entero. De quién era, no lo sé. De algún amigo del barrio, puede. O de un primo mayor. O de nadie en concreto. A veces las cosas están y ya está.

Lo cogí. Lo metí en el radiocasete que mis padres me habían regalado en Navidades. Le di al play. Y entonces sonó algo que no había escuchado nunca.

The Sound.
«I Can't Escape Myself».
South London, 1980.

No sabía quiénes eran. No lo supe en mucho tiempo. Solo recuerdo la voz. Una voz que no pedía nada, que no intentaba explicar ni consolar. Que decía, sin más, que no podía escapar de sí misma. Y en aquella casa, con mi padre en la cocina y mi madre sentada en el borde del sillón sin decidirse a acostarse, y mi hermana durmiendo sin enterarse de nada, la canción no era un consuelo. Era otra cosa. Era alguien diciéndolo en voz alta. Que aquella noche no se podía salir de ninguna parte. Ni de la casa. Ni de uno mismo.

El bajo avanzaba despacio. La batería sonaba seca, como grabada en un sótano. Y la voz seguía ahí, dándole vueltas a esa frase que no entendía del todo pero que entendía con el cuerpo. «I can't escape myself... I can't escape myself...»

La canción duró tres minutos, cuatro quizá. En aquella casa, con la radio de la cocina encendida y mi padre sin soltar el cigarrillo, el tiempo no se medía igual. El casete siguió girando. Sonó otra canción. No la recuerdo. Apagué el radiocasete y me quedé en la cama boca arriba, mirando al techo. Las sombras de los árboles se movían en la pared. El silencio ya era distinto. No era exactamente miedo. Era más bien la sensación rara de que el mundo no era tan sólido como uno creía.

Al día siguiente todo siguió más o menos igual. En el colegio, los profesores no dijeron nada. Los críos en el patio repetían frases sueltas, cosas que habían oído en casa. Yo no dije nada. No supe.

Me quedé con aquella voz. Y la recordé cada vez que, años después, tampoco podía escapar de mí mismo.

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