La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0038

Palacio de Invierno: la canción del desván

Relato Semibiográfico

No sé bien por qué subí al desván aquella tarde. Quizá fue el aburrimiento. O esa sensación rara que te entra a los quince años — cuando no sabes qué hacer contigo mismo pero necesitas estar en algún sitio donde nadie te encuentre. En casa, ese sitio era el desván. Olía a polvo, a cartón húmedo, a ese calor seco que te da en la cara nada más abrir la trampilla.

Cajas de zapatos sin etiqueta. Pilas de cosas que nadie había tocado en años. El silencio de los sitios que el tiempo ha olvidado, roto solo por algún crujido de la madera o por el rumor lejano de la calle que se colaba por la claraboya.

Me puse a rebuscar sin saber qué buscaba. Libros de texto de mi hermano, discos de mis padres… y una máquina de escribir Smith-Corona que mi padre había usado en la universidad. Estaba allí, abandonada, con las teclas amarillentas y ese olor intenso a metal y a tinta reseca. La acaricié. Apreté una tecla. Luego otra. El sonido seco retumbó en el desván como un eco de algo que ya no existe. Como la vértebra de un esqueleto.

Al fondo, detrás de una pila de revistas del corazón, había una caja de zapatos. De cartón duro, de las de antes. La tiré al suelo sin pensarlo mucho. Dentro: un disco de vinilo. Lo saqué despacio. La funda era negra, y en ella se leía el nombre del grupo: Alphaville. Y el título: «Palacio de Invierno». No me sonaba de nada. ¿Alphaville? ¿Como los alemanes del «Forever Young»? No, no. En la contraportada lo dejaba claro: «Madrid, 1982».

Lo puse en el tocadiscos de mi padre, que también estaba allí, cubierto de polvo. Enchufé el amplificador. La aguja cayó. Y entonces empezó a sonar.

No era lo que esperaba. No era Alaska. No era el rollo colorido y festivo que yo asociaba con la Movida. Era otra cosa. Un teclado que parecía salir de una iglesia vacía. Una voz que cantaba en español sobre un «palacio de invierno» — y un miedo quieto, casi elegante, que se te metía por dentro. Las guitarras no eran estridentes: eran oscuras, atmosféricas. La batería sonaba seca, como un corazón que late a medianoche. Y las letras… aquellas letras hablaban de misterio, de miedo, de una belleza gótica que yo nunca había imaginado que pudiera venir de aquí, de España.

Alphaville — el español — fue de esos grupos que le dieron la espalda a la estética más luminosa de la Movida para apostar por algo más frío, más literario. Se miraron en Joy Division y en Echo & The Bunnymen, y les salió un estilo propio: atmósferas góticas, referencias cultas, letras que parecían arrancadas de un libro. Un grupo de culto para muy pocos. Y ese día, sentado en el suelo de un desván polvoriento, yo me convertí en uno de esos pocos.

Me quedé allí escuchando las cuatro canciones del maxi de cabo a rabo. «Nijinsky (el loco)», «El modelo de Pickman», «Paisajes nocturnos», «Ataque lateral». Un viaje a un mundo oscuro y fascinante — justo lo que necesitaba para olvidar el mundo de fuera. Cuando terminó, la aguja se levantó sola y el plato dejó de girar. El silencio volvió al desván. Pero no era el mismo silencio de antes.

A veces pienso en aquel desván. Hace años que vaciamos esa casa, pero en mi memoria sigue intacto: el polvo, las cajas, la máquina de escribir, el vinilo de Alphaville. Y esa sensación de haber encontrado algo que llevaba tiempo esperándome. Que, en el fondo, no estaba perdido. Estaba guardado.

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