La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0022

Charlotte Sometimes: la canción de la chica que miraba por la ventana

The Cure 1981

Relato Semibiográfico

Había una chica en mi clase que siempre miraba por la ventana.

No de forma llamativa. No con cara de aburrimiento. Era otra cosa. Como si esperara algo que nunca terminaba de llegar. Como si el patio de fuera le interesara menos que algo que había dejado en algún sitio y no recordaba dónde.

No sé cómo se llamaba. Ya no lo recuerdo. Pero recuerdo esa forma de mirar.

El aula olía a tiza y a cuadernos viejos. A las mochilas de los chicos. A los estuches de las chicas. A todo lo que permanece igual durante tanto tiempo que deja de oler.

Un día llegué antes que nadie y encontré un libro sobre su pupitre. No era un libro del colegio. Era un libro de verdad, de esos con las esquinas dobladas y el lomo un poco roto de haberlo abierto demasiadas veces. Lo cogí. Lo abrí por cualquier página.

No entendí nada de lo que leía. Pero había algo en cómo estaban escritas las frases. Algo lento. Algo que no tenía prisa por explicarse.

Lo dejé donde estaba antes de que llegara nadie.

No sé si ella lo vio. No lo sé.

The Cure.
«Charlotte Sometimes».
1981.

La escuché por primera vez en una radio de madrugada. Uno de esos programas que ponían música sin dar demasiadas explicaciones. El locutor dijo el nombre del grupo y el título de la canción. Y luego no dijo nada más. La dejó sonar entera.

El bajo entraba primero. Lento. Circular. Como algo que ya ha empezado hace rato y tú acabas de darte cuenta. Luego la guitarra, con ese eco que hacía que todo sonara un poco más lejos de lo que era. Y la voz de Robert Smith, que no cantaba exactamente. Hablaba. Contaba algo.

Hablaba de una chica que se dormía siendo ella y se despertaba siendo otra. Que abría los ojos en una cama que no era la suya. Que miraba sus manos y no estaba del todo segura de que fueran sus manos.

Tardé años en saber que la canción venía de un libro. Que Robert Smith cogió frases de ahí casi tal cual. El resto lo fui descubriendo después, en entrevistas, en artículos, en esa manía que tenemos de querer saberlo todo cuando una canción nos importa.

Pero esa noche, sin saber nada de todo eso, escuchándola en la oscuridad con la radio encendida, pensé en aquella chica de mi clase.

En su forma de mirar por la ventana.
En el libro con las esquinas dobladas.
En la página que abrí sin querer.

Y pensé que quizá todo el mundo, en algún momento, se despierta en un sitio que no reconoce del todo y tiene que decidir si levantarse o quedarse quieto esperando a que las cosas vuelvan a tener su nombre de siempre.

La canción duró cuatro minutos. El locutor no dijo nada cuando terminó. Puso otra cosa. Algo completamente diferente.

Pero yo me quedé un rato más despierto.

Escuchando el silencio que viene después de ciertas canciones. Ese silencio que no es vacío. Que es como el espacio que queda cuando algo ha pasado y todavía no sabes cómo llamarlo.

La chica de mi clase dejó el colegio ese mismo año. No supe adónde fue.

A veces pienso que siguió mirando por ventanas. Que encontró una desde la que por fin veía lo que estaba esperando.

O que simplemente se cansó de esperar y empezó a mirar hacia adentro.

No lo sé.

Hay personas que se quedan así. Como ciertas canciones. Sin terminar de explicarse del todo.

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