Stanlow: la canción del interruptor de la escalera
Relato Semibiográfico
Vivíamos en un tercero sin ascensor. La escalera olía a cera vieja, a humedad y a comida recalentada escapándose por debajo de las puertas.
Había algo triste en aquel edificio. Algo cansado.
La luz del rellano se encendía con un botón cuadrado, amarillento. Hacía un ruido seco. Clic.
Y entonces aparecía una luz blanca y fría que cambiaba la escalera por completo.
Salir de casa era un ritual.
Bajar tres pisos.
Escuchar el eco de los pasos.
El tintineo de las llaves.
Alguna radio encendida detrás de una pared fina.
Y una tarde sonó esto.
OMD.
Stanlow.
1980.
No parecía una canción convencional. Era un zumbido largo, metálico, repetitivo.
Más de seis minutos de sonido industrial sin estribillo. Y aun así funcionaba.
Los primeros discos de OMD sonaban a edificios y ciudades vacías.
A espacios donde la gente solo pasa.
Stanlow venía de una refinería de petróleo inglesa.
Todo encaja.
Tubos, humo, fluorescentes.
En aquella escalera, la música sonaba enorme. Como si el edificio fuese mucho más grande de lo que era.
Bajaba despacio.
Sin prisa.
A esa edad no sabes muy bien qué estás buscando fuera, pero bajas igual.
El portal.
La calle.
Los coches.
Y la canción se quedaba dentro.
Han pasado años. La memoria funciona así: olvidas conversaciones, pero recuerdas la textura de una barandilla.
La escalera sigue igual en mi cabeza. Olor a cera. Luz cansada. Botón duro.
Todos tenemos un sitio así.
Un lugar de paso donde algo empezó sin que lo supieras.
El último escalón.
La puerta.
La calle.
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