Sin decir adiós: la canción de la noche que vi La Edad de Oro
Relato Semibiográfico
La primera vez que vi La Edad de Oro fue por accidente.
O eso recuerdo.
En mi casa nadie veía programas así. La televisión servía para el Telediario, algún concurso y las películas del sábado. Poco más. Pero aquella noche me quedé despierto más de la cuenta porque al día siguiente no había clase y mis padres ya dormían.
La casa tenía ese silencio de madrugada que solo existe cuando todo el mundo está acostado menos tú.
El frigorífico sonando al fondo.
Las tuberías crujiendo de vez en cuando.
Y la luz azulada del televisor llenando el salón.
Recuerdo el tacto áspero del sofá marrón donde me sentaba siempre. También el olor.
Café frío.
Tabaco negro.
Barniz viejo calentado por el radiador.
Fui cambiando canales sin mucho interés hasta que apareció ella.
Paloma Chamorro.
Aquello no se parecía a nada de la televisión normal.
Ni la forma de hablar.
Ni la ropa.
Ni las caras de la gente.
Todo parecía ligeramente peligroso. Como si el programa pudiera descontrolarse en cualquier momento.
Y luego salió Danza Invisible.
Era el año 1983. La actuación comenzó con una intro, y luego sonó "Sin decir adiós".
Recuerdo el humo en el plató antes que la canción.
Ese humo espeso de los estudios de televisión antiguos donde todo el mundo fumaba y las cámaras parecían siempre un poco sucias. La actuación tenía algo incómodo. No en mal sentido. Más bien como mirar a adultos haciendo cosas que todavía no entiendes del todo.
La batería sonaba seca.
El bajo avanzaba despacio, casi escondido. Y Javier Ojeda cantaba con esa mezcla rara de elegancia y cansancio que tenían muchos grupos españoles de los 80 cuando querían parecer sofisticados.
Yo no entendía realmente la canción.
Ni el alcohol.
Ni los bares.
Ni aquella tristeza nocturna de la que hablaban.
Pero entendí otra cosa.
Que existía un mundo fuera de mi barrio.
Un mundo de humo, clubes, música y gente que volvía tarde a casa con gabardinas oscuras y ojeras de no dormir.
Eso fue lo que me golpeó.
No la modernidad. No la movida. Ni siquiera la música.
La sensación de distancia.
Porque todo aquello parecía estar ocurriendo en otro Madrid completamente distinto al mío. Uno que empezaba cuando cerraban el metro y las persianas bajaban.
En mi calle a esa hora solo quedaban coches aparcados y farolas amarillas.
Nada más.
Recuerdo mirar por la ventana después de la actuación. El cristal estaba frío. La avenida vacía. Ni un coche pasando.
Y pensé algo muy simple:
la noche debía de ser otra cosa en otros sitios.
Danza Invisible venían de Torremolinos y todavía no eran el grupo masivo en el que acabarían convirtiéndose años después. En aquella época tenían algo más oscuro encima. Más elegante. Más nocturno.
Eso se notaba mucho en "Sin decir adiós".
No era una canción alegre aunque sonara moderna. Tenía el cansancio de los bares al cerrar. El eco de las copas vacías. Las conversaciones que se quedan suspendidas cuando encienden las luces.
Con el tiempo vi muchas más veces La Edad de Oro. Algunas actuaciones eran malas. Otras parecían llegadas de otro planeta. Pero ninguna se me quedó pegada como aquella.
Quizá porque fue la primera.
O porque hay momentos exactos donde uno empieza a notar que el mundo es mucho más grande, más raro y más solitario de lo que parecía desde el colegio o desde la ventana de casa.
Ahora vuelvo a ver fragmentos del programa en internet y me sigue impresionando el silencio del plató entre canciones.
Ese silencio incómodo.
Un poco sucio.
Muy de madrugada.
Como el salón de mi casa aquella noche.
Luego termina la actuación.
La televisión cambia de plano.
Y durante unos segundos solo queda el ruido blanco.
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