La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0034

I Ran: la canción del escaparate de televisores

A Flock of Seagulls 1982

Relato Semibiográfico

En la calle Arenal había una tienda de televisores que siempre tenía demasiadas pantallas encendidas.

Da igual la hora.

Pasaras por la mañana o de noche, allí estaban todas, brillando detrás del cristal como si dentro no vendieran aparatos sino fragmentos de otra vida.

Yo me quedaba mirando los escaparates mucho más tiempo del normal.

No porque quisiera comprar nada. En mi casa el televisor duraba hasta que prácticamente empezaba a arder. Pero aquellas pantallas tenían algo hipnótico. El color demasiado intenso. Las interferencias. Los videoclips extranjeros que aparecían de repente entre anuncios de detergente y programas aburridos de la tarde.

Recuerdo especialmente los televisores pequeños.

Los que estaban abajo del todo. Cerca de las rodillas. Porque en esos la imagen se veía peor y, precisamente por eso, parecía más lejana. Más irreal.

Una tarde de invierno empezó a sonar una canción desde dentro de la tienda.

Ni siquiera sé si venía de un videoclip o de un programa musical. Solo recuerdo el reflejo azul de las pantallas en el cristal y aquella batería entrando de golpe.

A Flock of Seagulls.
"I Ran (So Far Away)".
1982.

La canción sonaba como si estuviera hecha para verse en televisores.

No para escucharse.

Todo tenía algo brillante y lejano. La guitarra parecía venir desde el fondo de un túnel. La voz sonaba perdida, como alguien corriendo de noche sin saber exactamente de qué huía.

Y luego estaba el pelo.

Claro.

Aquello era imposible de ignorar.

Los peinados parecían diseñados por alguien que nunca había visto una peluquería normal. Yo no entendía nada de moda inglesa ni de new wave ni de nada parecido. Pero mirando aquellas pantallas tuve la sensación muy clara de que el mundo estaba cambiando lejos de Madrid y nosotros lo estábamos viendo llegar con unos segundos de retraso.

Dentro de la tienda olía a polvo caliente.

A plástico nuevo.
A circuitos encendidos demasiadas horas.

El dependiente llevaba camisa beige y fumaba apoyado en el mostrador mientras las televisiones seguían lanzando imágenes unas encima de otras. Nadie parecía prestar atención a la canción salvo yo.

Y quizá un niño pequeño que estaba sentado en el suelo mirando un televisor portátil en blanco y negro.

Recuerdo quedarme quieto delante del escaparate mientras la gente pasaba detrás.

Los autobuses.
Las bolsas.
Las luces reflejadas sobre el cristal.

Y aquella sensación extraña de que todo lo importante estaba ocurriendo dentro de las pantallas.

No en la calle.

No en el colegio.

No en casa.

Allí dentro.

En canciones que venían de sitios lejanos donde la gente vestía raro y parecía vivir siempre de noche.

Con los años entendí que seguramente exagerábamos mucho aquella modernidad. La mayoría de aquellos grupos también tendrían pisos pequeños, facturas y días normales.

Pero entonces no.

Entonces parecían extraterrestres.

La tienda cerró hace muchísimo. Ahora hay una cadena de ropa donde suena música sin personalidad ninguna. Las pantallas desaparecieron. Los escaparates ya no tienen ese brillo azul de tubo catódico.

Pero cada vez que escucho "I Ran" vuelvo allí.

Al cristal empañado por el frío.
Al zumbido eléctrico de los televisores.
A la calle reflejada encima de las imágenes.

Y a ese momento exacto en que descubrías que existía un mundo enorme fuera de tu barrio aunque todavía no supieras cómo llegar hasta él.

Luego el semáforo cambia.

La gente sigue andando.

Y las pantallas se quedan mudas detrás del cristal.

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