Electricity: la canción del garaje que Tony Wilson declaró el futuro del pop
Relato Semibiográfico
La revista llegó a casa doblada, metida en el mismo sobre que el correo de mis padres, porque alguien del colegio me la había prestado y la había guardado en la mochila sin mirar. Era un número de Smash Hits de 1980, con una entrevista que firmaba un tal Steve Taylor y un título que decía algo de «la cara aceptable de los sintetizadores». No entendí el chiste hasta mucho después. A mis diez años, los sintetizadores no me parecían especialmente inaceptables. Tampoco la banda de las fotos. Cuatro chicos bastante arreglados. Dos de ellos detrás de unas estructuras metálicas con teclados y lámparas de lectura. Sin guitarras. Sin pelo largo. Sin actitud de nada.
Se llamaban Orchestral Manoeuvres in the Dark. El nombre lo había sacado Andy de una lista de ideas que tenía escrita en la pared de su habitación, buscando algo que no sonara a banda de punk.
OMD. «Electricity». 1979.
Lo que sí entendí, en cuanto conseguí escucharla, fue la canción. «Electricity» sonaba como si alguien hubiera cogido el pulso de una ciudad de noche y lo hubiera metido en una caja. Una línea de sintetizador que avanzaba sola, sin estribillo cantado, con ese hueco instrumental en el medio que lo decía todo sin decir nada. La habían compuesto Andy y Paul siendo casi unos críos, influenciados por el «Radioactivity» de Kraftwerk —Paul lo había escuchado un día en la radio y había pensado: esto es el futuro—, y la habían grabado primero con su grupo anterior, The Id, antes de que existiera OMD. Cuando la sacaron como single en mayo de 1979 con el sello Factory Records, la portada la diseñó Peter Saville a partir de una partitura inventada que Andy y Paul usaban para apuntarse las canciones porque ninguno de los dos sabía leer música. Tony Wilson dijo que era «el mejor ejemplo de Factory Records hasta la fecha». Se tiraron 5.000 copias. Se agotaron.
Andy McCluskey y Paul Humphreys se habían conocido en la escuela primaria de Meols, en Wirral, al otro lado del Mersey de Liverpool, y llevaban años haciendo cosas raras juntos. Andy formó Equinox con su compañero de colegio Malcolm Holmes; Paul era el roadie. Luego vino The Id, una especie de superbanda de siete miembros con tres cantantes y dos guitarristas, que funcionó bien en la escena de Merseyside hasta que se disolvió en 1978 por las razones de siempre. Andy pasó un mes en Dalek I Love You, la otra banda electrónica de Wirral que merecía atención. En septiembre de ese mismo año volvió con Paul, rebautizaron su proyecto paralelo VCL XI como Orchestral Manoeuvres in the Dark, y empezaron a tocar como dúo con una grabadora de carrete a la que llamaron «Winston», en honor al protagonista de 1984 de Orwell, que les ponía las pistas de fondo mientras ellos tocaban encima. Alguien en el público que no entendía lo que estaba pasando gritó una noche «¡Queremos música en directo!». Ellos lo pusieron a la vista de todos, sin esconderlo, para que quedara claro que no estaban haciendo trampa. No convenció a todo el mundo.
Cuando DinDisc, subsidiaria de Virgin, les ofreció contrato, la primera decisión del grupo fue no meterse en un estudio de alquiler. Usaron el anticipo para construir su propio estudio en Liverpool, The Gramophone Suite, justo al lado de donde había estado el ya cerrado Eric's Club. Allí grabaron su álbum de debut. Antes de que saliera, hicieron la gira que les cambió la cara: teloneros de Gary Numan en su primera gira británica, en otoño de 1979. Viajaban en el mismo autobús. Numan no les habló durante la primera semana —era una persona muy tímida, explicaron después, no es que les cayera mal—. Cuando se dio cuenta de que ellos tampoco le tenían manía, fue muy amable. Trece años después, cuando OMD ya llenaba arenas, le devolvieron el favor y le pidieron que les teloneara a ellos.
La entrevista de Smash Hits terminaba preguntándoles por qué les iba mejor que a otros grupos de electrónica como The Human League, con quienes habían compartido un Top of the Pops recientemente. Su respuesta era que no querían la imagen robótica y fría de John Foxx o de Gary Numan. Querían ser la cara cálida de la música electrónica. Me quedé pensando en eso un rato. Una canción sobre electricidad que quería ser cálida. Un sintetizador que quería sonar a persona. Había algo honesto en esa contradicción que no terminaba de encajar con lo que se suponía que debía ser la música de máquinas. Y quizá por eso funcionaba: porque debajo de toda aquella circuitería había dos críos de Wirral que simplemente querían que el futuro tuviera una melodía. Y la encontraron antes que nadie.
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