La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0054

Shattered Glass: la canción del faro roto del señor Ramiro

Relato Semibiográfico

—¿Eso se puede arreglar? —pregunté.

El señor Ramiro no levantó la vista. Llevaba el mono azul de siempre, con manchas de grasa nuevas encima de las viejas, en las rodillas y en el antebrazo derecho. Las manos le temblaban un poco —le temblaban desde hacía tiempo, eso ya lo sabíamos todos en el barrio— mientras giraba el casquete metálico del faro. El cristal estaba estrellado desde el centro, con grietas que se abrían hacia los bordes como si algo hubiera querido escapar de ahí dentro. La bombilla se veía intacta. El cristal que la protegía, no.

—Todo se puede arreglar —dijo al final—. Otra cosa es que merezca la pena.

El patio trasero de su edificio olía a gasoil y a tierra mojada, esa mezcla concreta que solo existe en los patios de los edificios viejos. Una pila de neumáticos contra la pared. Una bicicleta sin ruedas apoyada en una silla rota. Cajas de herramientas que llevaban ahí tanto tiempo que ya parecían parte del suelo, como si hubieran echado raíces. El señor Ramiro había montado allí su taller sin pedirle permiso a nadie, y nadie se lo había discutido nunca. Era suyo porque sí. Porque siempre había sido así.

Yo tenía catorce años y estaba allí porque mi madre me había mandado a pedirle una llave inglesa. Pero me quedé mirando cómo trabajaba. No sabía de dónde había sacado aquel faro. Quizá de algún coche abandonado. Quizá lo guardaba desde hacía años esperando el momento de arreglarlo, aunque ese momento nunca llegara.

Había una radio pequeña de pilas en una repisa, entre botes de tornillos y trapos negros de grasa. Sonaba bajito, casi para nadie. Y entonces empezó algo que yo no había escuchado nunca.

Un bajo denso. Una guitarra con eco. Y una voz de mujer que cantaba muy bajito, como si tuviera miedo de despertar a alguien.

Paranoia.
«Shattered Glass».
Stoke-on-Trent, 1984.

El señor Ramiro no dijo nada. Siguió desmontando el faro, con las manos temblando un poco más cada vez. La canción hablaba de algo roto. De algo que se había quebrado y ya no iba a volver a ser igual. Pero yo no dejaba de mirar el faro. El cristal hecho añicos. La bombilla intacta, ahí dentro, esperando. Como si lo importante todavía funcionara, pero ya no se pudiera ver bien desde fuera.

Paranoia eran de Stoke-on-Trent, una ciudad del norte de Inglaterra conocida por sus fábricas de cerámica y por no salir nunca en los mapas de nada. Los formaron los hermanos Brereton, el bajista Mick Edgington y su mujer Jan, que era quien cantaba. Una voz rara para el punk de aquella época: no gritaba, no intentaba dar miedo. Sonaba cansada y desesperada al mismo tiempo. Como alguien que lleva años intentando reparar cosas que los demás ya han tirado a la basura. Publicaron el disco en 1984, en un sello pequeño llamado Rot Records. En España no los conocía nadie. En casi ningún sitio los conocía nadie.

El señor Ramiro dejó el faro sobre la mesa. Se limpió las manos en el trapo, despacio, como si las manos también le costaran.

—La bombilla aún funciona —dijo—. Pero sin el cristal no sirve para nada. Te entra el polvo, el agua. La luz se va a cualquier lado, no al frente.

Apagó la radio. Se quedó un momento ahí, mirando el faro, como si le estuviera dando una última oportunidad de cambiar de opinión. Luego guardó las herramientas despacio, una por una, y se levantó agarrándose a la pared.

—Dile a tu madre que la llave la tengo en casa. Que suba mañana.

Y se fue, cojeando un poco, hacia la puerta trasera. Sin prisa. Como todo lo que hacía.

Me quedé solo en el patio. Miré el faro. Metí la mano por una de las grietas, con cuidado de no cortarme. Toqué la bombilla.

Estaba fría. Pero entera.

No sé si el señor Ramiro llegó a arreglarlo. No volví a bajar al patio. Al año siguiente me fui a estudiar fuera, y cuando volví él ya no estaba. Había muerto o se había mudado. Nunca lo averigüé. Y eso, ahora que lo pienso, también dice algo.

La canción duró tres minutos y catorce segundos.

El patio ya no existe. El faro, seguro que tampoco.

Pero la bombilla seguía entera.

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