La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0053

Holy Water: la canción del último domingo de agosto

Relato Semibiográfico

El último domingo de agosto siempre era el peor.

No el último día, ojo. El último domingo. Que no es lo mismo.

El último día de agosto todavía te permitía engañarte. Quedaba algo, pensabas. Una última tarde. Una última noche. Pero el último domingo… ese ya no engañaba a nadie. Los padres empezaban con eso de «hay que volver». Las maletas aparecían en los pasillos como fantasmas. Y siempre había alguien que soltaba la palabra «madrugada». Y todos callaban. Porque sabían lo que venía.

Recuerdo ese domingo de 1988 con una claridad que no me explico. La terraza del apartamento. El ventilador dando vueltas dentro, con ese zumbido cansino. Y el olor… uf, el olor a crema solar mezclado con el de la ropa que mi madre tendía por última vez. La ropa del verano. Luego la doblaría y la metería en la bolsa. Hasta el año que viene.

Yo tenía la radio puesta. Una de esas pequeñas de pilas que siempre llevábamos. La antena, torcida, como siempre. La recepción era un misterio: según dónde la pusieras, sonaba perfecta o parecía que viniera de otro planeta. De Júpiter, igual.

Y aquella tarde sonó algo que no reconocí.

The Triffids. «Holy Water». 1988.

Ni idea de quiénes eran. No lo supe durante años. Solo recuerdo la voz. Una voz que hablaba de una chica en un invernadero, soñando con un océano. Algo húmedo, quieto, a punto de desbordarse. Como aquel domingo. Exactamente como aquel domingo.

The Triffids resultaron ser de Perth, al suroeste de Australia. Un sitio tan aislado que sus propios habitantes dicen que es el lugar más remoto de la Tierra. David McComb los montó allí, con dieciséis años, junto a su amigo Alsy. Y el nombre lo sacaron de una novela de John Wyndham, El día de los trífidos. Esa de plantas carnívoras que se adueñan del mundo mientras la gente se queda ciega. Muy alegre, vamos.

Nadie en Perth les hacía caso. Así que se fueron a Londres en agosto del 84. Y allí sí, allí encontraron a los suyos. John Peel los puso en la BBC. El New Musical Express los puso en portada en el 85. Eran grandes en Europa… pero en España, casi nadie los conocía.

«Holy Water» la produjo Craig Leon, el mismo que trabajó con Ramones y Blondie. Ojo al dato: lo que se gastaron en él superó el presupuesto entero del disco anterior de la banda. Todo ese dinero para una canción que no entró en las listas de ningún país. Ni en Australia. Ni en Reino Unido. Y para más inri, en la carátula del single ni siquiera pusieron su nombre. Pusieron el de Gil Norton, que había hecho el resto del álbum. Una historia rara. Pequeña. Como la canción misma.

Aquella tarde, la radio siguió sonando. Mi madre dobló la última toalla. Mi padre bajó las maletas al coche. Y yo me quedé en la terraza. Unos minutos más. Mirando cómo el sol bajaba despacio. Como si él también lo supiera.

La canción duró tres minutos y veintiséis segundos. Luego vino otra cosa. Y luego el viaje de vuelta, de noche, con la autopista vacía y yo medio dormido en el asiento de atrás. Pero sin llegar a dormirme del todo. Nunca.

David McComb murió el 2 de febrero de 1999 en Melbourne. Tenía treinta y seis años. Tres años antes le habían hecho un trasplante de corazón. Y siguió componiendo. Hasta casi el final.

Hay canciones que no suenan a nada concreto. Pero te devuelven un momento exacto. La terraza. El ventilador. El olor a crema solar. El último domingo de agosto, cuando todavía no querías admitir que el verano se había acabado.

Y sin embargo… sí. Se había acabado.

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