La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0055

Chica de ayer: la canción del primer accidente estelar de mi hermana

Relato Semibiográfico

La primera vez que vi a mi hermana María subirse a una bicicleta, con sus seis años recién cumplidos, fue como ver a alguien declarar la guerra al mundo entero.

La bici era nueva. Una BH de colores, creo que roja con la cesta blanca de esas Pegasus que chirriaban como una manada de animales al frenar. Un invento que solo servía para que cualquier adulto con mal día se bajara del coche dispuesto a matar. Básicamente, un avispero con ruedas.

El lío estalló un domingo de 1980 en el Cerro de los Ángeles, que entonces era nuestro patio de recreo particular, el sitio donde uno jugaba a ser explorador con solo subir la cuesta. Hacía el calor justo, olía a tierra seca, a pino y a la colonia barata que mi padre se había puesto esa mañana. Y, sobre todo, olía a ese presentimiento que siempre precede a un desastre familiar.

Mi hermana, con el espíritu olímpico que solo tienen los niños de seis años, se subió a la BH con una decisión que no volvería a tener hasta su primera oposición a Hacienda, años después. Lo de los pedales era todavía un concepto abstracto. Sus pies, metidos en unas sandalias que amenazaban con desintegrarse al primer roce, arañaban el asfalto como si quisieran apagar un fuego invisible.

Los primeros metros fueron un espectáculo. Un par de pedaleadas torpes, un bandazo de manillar tipo "la ola", y esa conciencia repentina de la gravedad que casi siempre termina con las rodillas hechas polvo.

El accidente fue de los que se recuerdan. María, después de un equilibrio milagroso, se topó con un bordillo que probablemente lleva ahí desde que se construyó el cerro. "¡Que no te subas, que no sabes!", le grité, pero llegué tarde. La bici chocó contra el bordillo, su cuerpo dibujó una parábola casi elegante, y aterrizó con un golpe seco sobre el hormigón. Las tiritas del botiquín ni siquiera habían tenido tiempo de calentarse. El ruido fue tan seco que hasta las vacas de alrededor debieron de girar la cabeza.

Después vino el silencio, roto enseguida por un llanto contenido y ese sonido húmedo de la sangre mezclándose con el polvo del camino.

Mientras mi madre, que estaba en la colina tomando el sol y haciendo punto, se acercaba con su calma habitual de enfermera improvisada, pasó algo que cambió el ambiente de golpe. Subieron el volumen de una radio.

De un coche aparcado cerca empezó a sonar una canción. Algo conocido. Una guitarra pegadiza, un ritmo que invitaba a mover la cabeza, no el esqueleto entero.

Nacha Pop. "Chica de ayer". 1980.

Esta canción es una de las que define el pop español de aquellos años. La escribió Antonio Vega, apareció en el primer disco del grupo, y por aquel entonces sonaba en todas partes, incluida la radio. Habla de una chica, de un instante que se escapa, de una mirada que queda en el tiempo.

Mientras María, en pleno drama de posguerra (ella creía que se moría, yo creo que tenía un rasguño en la rodilla y otro en la mano), montaba su numerito, la canción sonaba como si alguien hubiera puesto banda sonora al fin del mundo desde un coche aparcado.

El contraste era tan absurdo, tan propio de aquella España, que no pude aguantarme. Me entró una risa tonta que no había forma de parar.

Mi hermana me fulminó con la mirada. Tenía los ojos de un gato acorralado, con las pestañas pegadas de lágrimas.

— ¿De qué te ríes? — gimió.

Y yo, sin ninguna vergüenza, señalé el coche.

— Es que... la canción... "Chica de ayer"... Y tú te has caído porque no sabes frenar, no porque te persiguiera un dinosaurio.

Mi madre llegó, nos miró a los dos, luego miró hacia el coche, y soltó un suspiro largo. De esos que solo se consiguen después de muchos años criando a dos críos en Getafe. Sacó el botiquín. Yo me fui a por monedas para comprar algo en el kiosco.

Una hora después, con la rodilla vendada en un morado capaz de avergonzar a un pulpo, y con media docena de pegatinas de La Dalia —esos adhesivos de papel que regalaban en la farmacia para calmar a los niños— pegadas en el peto, nos fuimos a casa.

En el coche, en la radio, volvió a sonar Nacha Pop.

— Un día cualquiera no sabes qué hora es — tarareó mi madre, mirando por el retrovisor.

— ¡Te acuestas a mi lado sin saber por qué! — siguió mi padre.

Mi hermana, con la venda brillando, se quedó mirando por la ventanilla un buen rato. Al final se giró hacia mí y dijo, con el aplomo de alguien que acaba de perder una batalla pero no la guerra:

— Me va a doler una semana. Pero esa canción es la leche. Y no me vuelvo a caer en la vida.

Dicho y hecho. Al llegar a casa, lo primero que hizo fue subirse otra vez a la bici. Y se cayó en la primera curva. Pero esta vez no lloró.

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