Alphaville (banda española)
Madrid, 1980. En una ciudad que despertaba a una nueva libertad, cinco compañeros del Colegio Obispo Perelló decidieron que no querían dedicarse a lo normal. Eran José Luis Fernández Abel (voz y guitarra), José Luis Orfanel (guitarra), Fernando Muro (bajo), Juan Antonio Nieto (batería) y José Carlos «Charles» Sánchez (teclados, trompeta, armónica, violín). Juntos formaron Alquimia, un grupo de rock progresivo con el que daban sus primeros pasos en los locales de la Movida, con King Crimson y Emerson, Lake & Palmer como referencias. El cambio de rumbo llegó con un nuevo nombre: Alphaville, tomado de la película de ciencia ficción de Jean-Luc Godard de 1965. Les gustaba lo que evocaba: futuro, misterio, una ciudad gobernada por una inteligencia artificial donde la lógica reina y las emociones están prohibidas. Tras algunos cambios en la formación —con Daniel Mendialdúa tomando el relevo al bajo—, su oportunidad llegó de la mano de Servando Carballar, líder de Aviador Dro y cabeza del sello Discos Radiactivos Organizados (DRO), que quedó prendado de su sonido. Así nació «Paisajes Nocturnos» (1982), un EP de tres canciones —«Nietzsche (der Geisteskrank)», «La invocación» y «Tu dolor»— que mezclaban atmósferas opresivas, pop electrónico y recitados en alemán. Sonidos elegantes, fríos y compactos, con una carga literaria que les valió el respeto unánime de la crítica.
Poco después, con Pablo Vega al bajo —Mendialdúa se había enrolado en la marina mercante—, volvieron a encerrarse en los estudios Doublewtronics de Madrid. El resultado fue «Palacio de Invierno» (1982), un maxi de cuatro canciones que los catapultó a la primera línea de la escena más underground: «Nijinsky (el loco)», homenaje al bailarín ruso con recitados y teclados frenéticos; «El modelo de Pickman», inspirado en la oscura literatura de H.P. Lovecraft; y «Paisajes nocturnos» y «Ataque lateral». Con la llegada a los teclados de Almudena de Maeztu (La Mode) y Carmelo (La Década Prodigiosa), en 1983 publicaron su primer LP, «De Máscaras y Enigmas», con joyas como «La Escalera», «Artaud» —con letras en francés en homenaje al poeta surrealista—, «Muerte en Venecia» o «El innombrable». Canciones que bebían del post-punk británico y de la cultura más refinada, pero que sonaban a Madrid, a las noches en la sala Rock-Ola, a la ciudad de los ochenta que tantos sueños albergaba.
En 1984 editaron el maxi «El Desprecio», que contenía el que muchos consideran su mejor tema: «Después de la derrota», una canción que casi parecía anunciar el final. Y, efectivamente, así fue. La discreta acogida del disco, las tensiones internas y el deseo de explorar nuevos caminos llevaron a la disolución de Alphaville en 1986. Habían durado apenas seis años, pero su huella fue imborrable. En 1994 volvieron a reunirse para grabar «Catástrofes del Corazón», publicado en 1995, que recogía clásicos regrabados junto a temas inéditos. Hoy, Alphaville sigue siendo uno de esos grupos que los aficionados más exigentes rescatan de vez en cuando, admirados por su capacidad para crear atmósferas únicas y por una poesía que habla de terrores nocturnos, dudas existenciales y la belleza fría de las máquinas. Alphaville no fue un grupo de masas, fue una herida abierta en el costado de una Movida que a menudo rehuía la complejidad. Fueron la banda de los que encontraban en la literatura, el cine y la música un refugio contra el ruido de la calle. Porque Alphaville, como la película de Godard, era una ciudad sin emociones en la que solo unos pocos elegidos podían habitar.