La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0030

Nobody's Diary: la canción que se abrió paso entre el ruido del mercadillo

Yazoo 1983

Relato Semibiográfico

Los domingos por la mañana tocaba mercadillo.

Mi madre iba con una idea clara: llegar pronto, ver bien, encontrar algo bueno antes que los demás. Yo, en cambio, tenía otra lógica. Más lenta. Más de final de jornada. Cuando los puestos empezaban a desmontar y los precios bajaban casi por cansancio.

El lugar tenía su propio aire.

Churros recién hechos mezclados con ropa usada, ese olor difícil de explicar… como si la naftalina se hubiera quedado atrapada en el sol. Todo junto, sin orden, pero curiosamente reconocible.

Y luego estaba el sonido.

O mejor dicho: los sonidos.

Cada puesto con su altavoz. Cada vendedor con su música. Todo compitiendo, superpuesto, formando una especie de ruido colectivo donde nada se distinguía del todo.

Hasta que, un domingo cualquiera, algo cambió.

Por un momento, no sé muy bien cómo, una canción se abrió paso entre todo eso.

Clara.
Entera.
Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo sin avisar.

«Nobody's Diary».
Yazoo.
1983.

Yazoo era ese dúo raro de Alison Moyet y Vince Clarke. Él venía de los sintetizadores más fríos de la época. Ella, en cambio, tenía una voz enorme, cálida, casi fuera de sitio, como si no perteneciera del todo a aquella música electrónica.

Y ahí estaba la mezcla.

Máquinas. Y algo muy humano encima.

La canción hablaba de no ser un apunte en la vida de nadie. De no quedarse en segundo plano. De no desaparecer en la historia de otra persona sin nombre propio.

«No quiero ser el diario de nadie.»

Yo tenía trece años y, siendo honestos, no sabía muy bien qué significaba eso todavía.

Pero lo sentí igual.

Como se sienten algunas cosas antes de entenderlas.

Mi madre me tiró de la manga en mitad de la canción. Decía que no me quedara quieto, que había que aprovechar antes de que se acabaran las naranjas buenas.

Y yo asentía… pero seguía ahí, un segundo más de la cuenta.

Escuchando.

Como si irme fuera perder algo que todavía no sabía nombrar.

Luego la canción terminó, claro.

El mercadillo volvió a su ruido habitual, a sus voces cruzadas, a sus altavoces peleándose entre ellos como si nada hubiera pasado.

Y nosotros seguimos andando entre puestos, bolsas de plástico en la mano, como si todo hubiera sido normal.

Pero algo no encajaba del todo ya.

La canción se había quedado enganchada en algún sitio.

En los dedos.
En la cabeza.
En esa parte de la memoria donde las cosas pequeñas se vuelven más grandes con el tiempo.

Han pasado años.

El mercadillo sigue ahí, más o menos el mismo, aunque todo haya cambiado alrededor.

Y «Nobody's Diary» también sigue.

No en el ruido del domingo.

Sino cuando la pongo a propósito.

Porque hay canciones que no explican la vida.

La acompañan.

Y a veces, sin hacer ruido, te recuerdan algo bastante simple:

que no quieres desaparecer en la historia de nadie.

Y que, de alguna forma, ya estás escribiendo la tuya.

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