La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0031

Ratitas Divinas: la canción que dejó callado a Antonio

Kiko Veneno 1981

Relato Semibiográfico

La tienda de ultramarinos de mi barrio olía a cosas que ya no existen. O peor: a cosas que hoy probablemente cerrarían el local en una inspección sanitaria antes de que Antonio terminara el primer café.

Olía a lentejas secas, a cartón mojado, a jabón Lagarto y a ese aire helado que expulsaban las neveras viejas aunque dentro solo hubiera cuatro yogures tristes y un chorizo sudando en una bandeja metálica. Entrabas allí en pleno agosto y te daban ganas de pedir una manta.

Todo estaba ligeramente torcido. Los sacos de garbanzos en el suelo. Las latas apiladas como si alguien hubiera decidido tentar al destino. Un calendario de una ferretería de Cuenca detenido en 1981 porque, sinceramente, tampoco parecía urgente cambiarlo.

Y detrás del mostrador estaba Antonio.

Siempre.

Nunca lo vi llegar. Nunca lo vi irse. Para mí, Antonio simplemente pertenecía al local igual que pertenecían las cajas de galletas María o las botellas de Anís del Mono llenas de polvo.

Era un hombre enorme. De esos que parecen ocupar más espacio del necesario incluso quietos.

Manos gigantescas.
Camisa de manga corta en enero.
Cara de haber escuchado demasiadas estupideces a lo largo de la vida y haber decidido no discutir ninguna.

Hablaba poco. Pero cuando abría la boca todo sonaba definitivo, como si acabara de bajar una ley del monte Sinaí.

Una tarde dijo:

La música moderna no es música.

Y yo asentí.

Claro que asentí. Con once años uno vive asintiendo. Asientes a los adultos aunque no entiendas nada. Asientes por educación, por miedo o porque todavía no sabes que la mitad de la gente improvisa constantemente.

Luego llegas a casa y escuchas exactamente aquello que acabas de condenar. En secreto. Como un criminal pequeñito.

Pero aquel día pasó algo raro.

Rarísimo.

Sonó una canción distinta en la radio.

No era Camilo Sesto. No era Nino Bravo. No era Julio Iglesias cantando como si le acabaran de destrozar el corazón en un restaurante caro.

Era otra cosa.

Una canción extraña, medio flamenca, medio soñada, como si alguien hubiera grabado una conversación surrealista a las tres de la mañana después de dos vasos de más.

Y Antonio no cambió la emisora.

Ahí fue donde me desconcerté.

Porque normalmente reaccionaba rápido ante cualquier sonido sospechosamente moderno. Fruncía el ceño, miraba la radio con desconfianza y movía la mano hacia el dial igual que un campesino mira una nube negra antes de recoger la ropa.

Pero esta vez no.

Nada.

Se quedó quieto. Los codos apoyados en el mostrador. Escuchando.

Ratitas Divinas”.
Kiko Veneno.

Yo no entendía casi nada de aquella letra, pero tenía algo hipnótico. Frases que parecían dichas por alguien agotado y lúcido al mismo tiempo.

Flores amarillas en la nevera.
Vacas que no dan leche.

Cosas que en boca de otro sonarían a fiebre alta, pero que allí parecían importantes por algún motivo imposible de explicar.

La compra dejó de interesarme por completo.

Yo miraba a Antonio.

Esperando el momento exacto en que sentenciara:

—Vaya tontería.

O peor aún:

—España se está yendo al carajo.

Pero no dijo absolutamente nada.

Y aquello me impresionó muchísimo más que cualquier discurso.

Porque entendí algo sobre muchos adultos de esa época: pasaban media vida criticando todo lo nuevo hasta que, sin esperarlo, algo nuevo conseguía colarse por una grieta.

Y entonces se callaban.

Como Antonio.

La canción terminó y volvieron los anuncios de detergente, langostinos congelados y supermercados donde cada semana era, misteriosamente, “la semana definitiva del ahorro”.

Antonio siguió inmóvil detrás del mostrador.

Pero yo ya no lo veía igual.

Entendí que incluso la gente que decía odiar la música moderna necesitaba de vez en cuando algo raro. Algo que no comprendieran del todo. Algo que les revolviera un poco las estanterías por dentro.

La tienda cerró hace años.

Ahora hay una franquicia minimalista, limpia, blanca y silenciosa donde venden pan congelado a precio de joyería fina. Ya no huele a nada. Supongo que eso también dice bastante.

Antonio se jubiló.

Y me gusta imaginar que alguna vez, estando solo en casa, puso a Kiko Veneno sin decírselo a nadie.

Sería un buen final para alguien como él.

Porque cada vez que escucho “Ratitas Divinas” vuelvo automáticamente a aquella tienda.

Al frío absurdo de las neveras.
Al jabón Lagarto.
A las lentejas.
Y a Antonio, enorme, callado, descubriendo muy a su pesar que la música moderna quizá sí podía ser música.

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