La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0023

Big in Japan: la canción de la máquina tragaperras

Alphaville 1984

Relato Semibiográfico

El verano que cumplí catorce, mis padres me dejaron salir solo por las noches. No había móviles. No había forma de localizarme. Me dijeron "vuelve antes de las doce" y yo asentí sabiendo que no iba a cumplirlo.

El pueblo tenía una calle principal con tres bares.
En uno de ellos había una máquina tragaperras.
No sé el nombre del bar.
No sé si tenía nombre. Pero la máquina estaba siempre allí, encendida, con sus luces parpadeando en colores que no se veían en ningún otro sitio.

Yo no jugaba. No tenía dinero para perder. Me sentaba en una silla pegada a la pared, pedía un refresco que alargaba media hora, y miraba.
Miraba a los hombres que metían monedas una tras otra. Miraba cómo se iluminaba la máquina cuando alguien ganaba algo pequeño.
Miraba cómo se quedaban quietos un momento, sin celebrarlo, como si supieran que iban a perderlo todo otra vez en los siguientes minutos.

La máquina tenía música. No era la música que elegías. Era la que venía con ella.
Bucles cortos, sintetizadores baratos, frases en inglés que nadie entendía pero que se te metían en la cabeza igual.

Una de esas canciones se me quedó dentro.

"Big in Japan".
Alphaville.
1984.

La máquina la repetía cada quince minutos.
Sonaba siempre igual.
La voz era aguda, casi frágil, como si el cantante estuviera a punto de rendirse pero siguiera adelante porque no le quedaba otra.

Decía algo de hacerse grande en Japón.
De futuro.
De escapar.
De ser alguien en algún sitio que no era aquel bar con olor a fritanga y a cubo de fregar.

Yo no sabía nada de Japón. Nunca había salido de España.
Pero aquella canción, en medio del ruido de las monedas y los vasos de vidrio, hablaba de otra vida. De una vida donde quizá no hacía falta sentarse en una silla pegada a la pared esperando a que pasara algo.

Los hombres de la máquina no la escuchaban. Para ellos era solo parte del ruido.
Pero yo sí.
Y me daba vergüenza. Porque era una canción pop, de esas que se bailaban en las discotecas, y yo estaba ahí sentado, con un refresco caliente, escuchándola como si me fuera la vida en ello.

Una noche, la máquina se tragó todas las monedas de un hombre.
Él golpeó el cristal con la palma de la mano.
La máquina no respondió.
Siguió con sus luces, con su música, con su bucle infinito de "big in Japan, big in Japan".

El hombre se fue.
El bar se vació.
Me quedé solo con el camarero, que fregaba vasos detrás de la barra sin mirarme.

La canción volvió a sonar.

Y yo pensé que quizá todo el mundo quería ser grande en algún sitio. Que el sitio no importaba tanto.
Que lo importante era pensar que en algún lugar, lejos de aquella silla, lejos de aquel olor a cubo de fregar, uno podía ser otra cosa.

Nunca llegué a Japón. Nunca fui grande en ningún sitio.
Pero aquella canción todavía me suena a eso: a la certeza de que, con catorce años, sentado en una silla de un bar de carretera, ya estaba imaginando la salida.

El bar cerró hace años.
La máquina desapareció.
El camarero se jubiló o se murió, no lo sé.

Pero "Big in Japan" sigue sonando. Y cada vez que la escucho, vuelvo a tener catorce años, vuelvo a estar en esa silla, vuelvo a creer que en algún sitio, lejos de aquí, hay una versión de mí que lo consiguió.

No la he encontrado. Pero la canción me recuerda que la busqué.

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