Lucille: la canción de la resaca de los diecisiete años
Relato Semibiográfico
Amanecía mal. La luz de las siete entraba a cuchillo por la persiana medio bajada, y mi cabeza era un bombo de esos que tocan en las bandas militares — los que no desafinan, los que golpean siempre en el mismo sitio. Los domingos tienen esa luz especial. Una luz que no engaña. Te devuelve a la realidad con una patada en el estómago. Yo tenía diecisiete años, las ganas de haber muerto la noche anterior y la certeza de que no volvería a beber nunca más. Eso pensaba. Luego llegó el sábado siguiente.
El portal olía a lejía recién fregada. La portera, una mujer menuda y malhumorada, ya había pasado la fregona. Las gotas resbalaban por los escalones de mármol crema, formando pequeños ríos de espuma. Subí sin hacer ruido. O eso creía. Mis pies, metidos en unos zapatos que no eran míos —los había intercambiado sin querer en la fiesta con un tipo que no recordaba—, producían un eco húmedo y traicionero.
Los vecinos salían a misa. Los veía a través del ojo de la cerradura como si estuviera espiando una película muda. Doña Carmen, con su mantilla negra y su bastón. El señor de la tienda de ultramarinos, con la cartera en la mano, la camisa planchada. Ellos iban a comulgar. Yo iba a comulgar con el váter. Una diferencia sutil, pero importante.
En la fiesta, horas antes —dios, ¿cuántas horas?—, alguien había puesto un casete grabado de la radio, con el volumen tan alto que se oían las interferencias. Y de repente, entre canción y canción, empezó a sonar Fatal Charm. «Lucille». 1987. No la había escuchado nunca. Una chica de la que no recuerdo el nombre se me acercó y dijo: «Esta canción es para ti». Bebí un sorbo de algo demasiado dulce. Le sonreí. Ella se fue. No volví a verla. La canción hablaba de una chica que no reía, de alguien que no entendía qué le pasaba. «Lucille, you're not laughing today...» Me pareció la canción más triste del mundo. Quizá por eso me gustó tanto.
Ahora, en el portal, con el eco de los zapatos mojados y los vecinos yendo a misa, la canción sonaba en mi cabeza como una letanía. Una melodía pegajosa y melancólica, un bajo hipnótico, una voz que no cantaba sino que contaba una historia. La historia de una chica que quizá tampoco sabía bailar, que quizá también estaba perdida. Como yo. Como todos los que estábamos aquella noche en aquel sótano mal ventilado.
Llegué a mi puerta. Metí la mano en el bolsillo de la cazadora —que no era mi cazadora— buscando las llaves. Encontré una moneda de veinticinco pesetas. La miré. ¿De quién era? La hice girar entre los dedos. La cara del rey Juan Carlos, un escudo, un águila. La dejé caer. Dio dos o tres vueltas sobre sí misma, como un trompo diminuto, y se coló por la rendija de una alcantarilla. Un ruido metálico. Silencio. Ya no era mía. Quizá nunca lo había sido.
Entré en casa. Mis padres seguían durmiendo. Me descalcé. Dejé los zapatos que no eran míos junto a la puerta. Me tiré en la cama, boca arriba, mirando al techo. Las manchas de humedad tenían formas de países que no visitaría nunca. «Lucille» seguía sonando en mi cabeza. Una y otra vez. Como un disco rayado. Como la promesa de que todo volvería a repetirse el sábado siguiente.
Al final, cerré los ojos. El mundo se detuvo. O siguió girando. Ya no me importaba. A los diecisiete años, las resacas no duran tanto como parece. Duran lo que tarda en llegar el siguiente sábado. Lo que tarda en volver a sonar la canción. Lo que tarda en perderse otra moneda de veinticinco pesetas por la rendija de una alcantarilla. Soy aquel chico de diecisiete años otra vez. El que se despertaba con la cabeza hecha polvo, los vecinos yendo a misa, y una canción que no entendía del todo pero que le hablaba directamente. La canción terminó. El mundo siguió girando. Y yo seguí aquí. Esperando el próximo sábado.
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