In The Night: la canción de la primera vez que fingí saber bailar
Relato Semibiográfico
Tendría unos dieciséis años. La edad exacta en la que todo se convierte en una prueba de fuego. Esa noche era el cumpleaños de una compañera de instituto. Marta, creo. O Mónica. El nombre no importa. Lo importante era la fiesta. La primera a la que iba sin que mis padres supieran bien dónde estaba.
El lugar era un sótano alquilado cerca de la plaza de Sants. Olía a humedad, a pintura barata recién aplicada y a ese perfume dulzón que alguien había pulverizado con demasiada generosidad. Las luces eran tenues — una guirnalda de bombillas rojas y azules que apenas iluminaba las caras. El suelo, pegajoso. Algo se había derramado horas antes. Quizá refresco. Quizá algo más fuerte.
Yo estaba apoyado contra la pared, con las manos metidas en los bolsillos de unos vaqueros demasiado nuevos, demasiado azules. No sabía dónde poner los brazos. Así que fingía estar relajado. Esa era mi habilidad principal: fingir. La música sonaba alta, una mezcla de éxitos del momento y canciones que yo no conocía.
De repente, el DJ cambió el disco. Un bajo sintetizado comenzó a sonar. Fuerte. Hipnótico. Una especie de bombo constante que te invitaba a moverte. Las luces rojas empezaron a parpadear con el ritmo. Y entonces sonó Daydream. «In The Night». 1986.
Recuerdo que pensé: «Vaya, esto está bien. Pero ¿y ahora qué hago?» Al resto de la pandilla no parecía importarle la respuesta. Chicos y chicas se movían al compás del sintetizador. Yo me quedé pegado a la pared, con las manos todavía en los bolsillos, sintiendo cómo la canción me llamaba. La cantante, Irene César, repetía la frase con un tono dulce, casi de ensueño: «In the night... in the night...» Pero allí no había noche. Solo un sótano mal ventilado y un montón de adolescentes intentando ser adultos.
Fue entonces cuando Laura se me acercó. No era la más guapa de la fiesta, pero sonreía con facilidad y eso la hacía diferente. Se me acercó bailando, moviendo los hombros al ritmo de la canción.
—¿No bailas? —me preguntó, alzando la voz para que la oyera.
—Claro que bailo. Solo estoy esperando el momento adecuado.
Ella se rió. No era una risa cruel. Era una risa cómplice, como si supiera que estaba mintiendo. Y quizá por eso me cogió de la mano y me sacó de la pared. Yo movía los brazos como si quisiera espantar moscas. Los pies no me respondían. Iba siempre un segundo retrasado. Parecía un robot averiado. Laura no parecía importarle. Y yo, poco a poco, me fui soltando.
La canción duró unos cinco minutos. El tiempo se mide de otra forma cuando estás bailando por primera vez y una chica no te suelta la mano. Era música para discotecas europeas, para noches de verano, para cosas que todavía no había vivido. Pero aquella noche, en aquel sótano, era nuestra.
Cuando la canción terminó, el DJ puso otra. Algo más lenta, más romántica. Laura me sonrió y se fue con sus amigas. No pasó nada más. No hubo beso. No hubo promesas. Solo el recuerdo de aquel momento absurdo en el que fingí saber bailar y alguien me creyó.
Años después supe que Daydream era un proyecto español de Italo Disco del sello Blanco y Negro. Formado por Irene César, su hermana Mónica y Pedro Morales. La canción había sido producida por Felix B. Mangione, grabada en Barcelona y mezclada con ese pulso de sintetizador que se te metía en el cuerpo sin pedir permiso. Había sonado en muchas radios y muchos sótanos mal ventilados. Pero para mí, aquella noche, no era un éxito. Era mi éxito. Mi pequeño fracaso convertido en victoria.
El sótano ya no existe. O sí. Nunca he vuelto a pasar por allí. Laura se cambió de instituto al año siguiente. Yo, con el tiempo, aprendí a bailar. Regular. Me defiendo. Pero cada vez que escucho «In The Night», vuelvo a tener dieciséis años. Vuelvo a estar apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, fingiendo que no me importa nada. Y vuelvo a ver a Laura, sonriendo, tendiéndome la mano.
Soy aquel chico de dieciséis años otra vez. El que no sabía bailar, el que fingía estar relajado, el que mintió para gustar. Solo la canción. Y después, el eco de aquella noche. El recuerdo de una mano que, por unos minutos, lo sujetó todo.
Notas del Público
No hay notas aún. Haz clic en "Ver notas" para ser el primero.