La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0042

Ghosts: la canción del tren que nunca debí coger

Relato Semibiográfico

La estación de Atocha olía a café quemado y a esos chicles de menta que la gente escupe en los bordes de los andenes. Yo tenía doce años y una mochila demasiado grande para mi espalda. Mi madre me había dado instrucciones precisas: coge el tren de las cinco y cuarto, bájate en la tercera parada, tu tía Mercedes te espera en el vestíbulo. Lo repetí varias veces, como un mantra, mientras el cartel de salidas parpadeaba en rojo. Las letras se movían. O era mi vista. Nunca he sabido si los nervios me jugaron una mala pasada o si aquel día el destino decidió que yo no debía llegar a casa de mi tía.

El tren llegó puntual. Me subí. El vagón olía a humedad y a esos ambientadores baratos que cuelgan en los taxis. Me senté junto a la ventana. Saqué el walkman. Era la primera vez que viajaba solo. Quería parecer mayor, pero los pies no me llegaban al suelo y tuve que balancear las piernas como un niño pequeño. Puse la cinta. La canción que sonaba era de un grupo inglés que mi primo mayor me había recomendado. Se llamaban Japan. «Ghosts». 1982. Empezaba con un teclado que sonaba a campana hundida, y una voz que no cantaba — susurraba. «Just when I think I'm winning...»

El paisaje se volvió borroso. No sé si me quedé dormido. O solo cerré los ojos para escuchar mejor. Cuando volví a abrirlos, el tren se había detenido. Miré por la ventana. El cartel de la estación no ponía el nombre que esperaba. Era otro. Alcobendas. O Leganés. O un sitio que no existía en el mapa que llevaba en la mochila. Bajé del tren. El andén estaba vacío. Una luz fluorescente parpadeaba sobre un banco de madera. Nadie me esperaba. No había cabina. Solo el eco de mis propios pasos y la canción que seguía sonando en el walkman.

«Ghosts» habla de cosas que vuelven cuando crees que te has librado de ellas. Letras que no entendía del todo, pero que me helaban la sangre. No sabía qué eran esos «fantasmas». Pero aquella tarde, en aquella estación perdida, los vi en todas partes. En las sombras de los pilares. En el reflejo de los cristales empañados. En el silbido lejano de otro tren que nunca llegó a pasar.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Media hora. Una hora. El tiempo se mide de otra manera cuando tienes doce años y estás solo en un sitio que no conoces. Al final, un guardia de seguridad se acercó. Me preguntó qué hacía allí. Le expliqué. Me dijo que me había equivocado de tren, que el mío salía de otra vía. —Tienes que tener más cuidado, chaval —me dijo, y en su tono oí algo parecido a la decepción. Me acompañó al andén correcto. Subí a otro tren. Llegué a casa de mi tía con dos horas de retraso.

Ella me abrazó. No me riñó. Solo dijo: —Ya estás aquí. Eso es lo que importa. Pero yo no estaba seguro de que eso fuera cierto. Porque aquella tarde, en aquella estación que nunca he vuelto a encontrar en ningún mapa, una parte de mí se quedó para siempre. La que sabía que a veces, por mucho que te prepares, por mucho que repitas las instrucciones, acabas cogiendo el tren equivocado.

Soy aquel niño de doce años otra vez. El que esperaba en un andén vacío, escuchando una canción que hablaba de fantasmas, preguntándose si alguien vendría a buscarlo. La canción terminó. El walkman hizo clic. Y solo quedó el silencio. Después, otro tren. Otra vida.

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