La Ciudad en Movimiento: la canción que sonó la mañana en que se rompió la radio
Relato Semibiográfico
Aquel martes de Carnaval mi tía Conchi se había disfrazado de algo que nunca llegué a identificar del todo: una mezcla de bruja y azafata, con un sombrero de papel maché que se le torcía cada vez que se reía.
Era por la mañana, todavía pronto, y en casa de mis abuelos olía a buñuelos recién hechos y a ese aceite que se queda flotando en el aire durante horas después de freír. Yo tenía quince años y me habían mandado a poner la radio mientras mi abuela terminaba de espolvorear azúcar sobre la bandeja, porque en la cocina no entraba bien la señal de la tele.
Encendí el transistor de la cocina, uno pequeño, de plástico marrón, que llevaba puesto encima del frigorífico desde que yo tenía memoria. Tardó un poco en calentarse, con ese pitido agudo de fondo antes de encontrar la emisora de siempre. Y lo primero que sonó, sin previo aviso, fue una canción que no había escuchado nunca.
Aviador Dro.
«La Ciudad en Movimiento».
1985.
Sintetizadores que sonaban a metal y a futuro, una voz que repetía algo sobre máquinas y ciudades que nunca paraban, un ritmo seco, casi militar. Era raro y nuevo, y a la vez sonaba como si llevara ahí toda la vida, escondido detrás de la radio. Como si alguien hubiera abierto una ventana a una fábrica en mitad de la cocina de mi abuela.
Mi tía Conchi se quedó quieta un momento, con el sombrero torcido y una bandeja de buñuelos en las manos, escuchando aquello con una sonrisa rara, mitad sorpresa, mitad reconocimiento, como si esa canción le sonara de algún sitio que no terminaba de ubicar.
Aviador Dro eran de Madrid, dos amigos de instituto que habían empezado a tocar juntos a finales de los setenta, fascinados por grupos extranjeros que entonces casi nadie escuchaba en España. Montaron su propio sello, con su propio nombre, para poder sacar la música que querían sin pedirle permiso a nadie. Aquel disco, "Cromosomas Salvajes", era ya su cuarto álbum, y la canción que sonaba esa mañana era uno de sus temas más conocidos dentro de un ambiente muy concreto, el de la Movida, aunque fuera de esos círculos seguía siendo casi un secreto. Para la mayoría de España, en aquella cocina incluida, era la primera vez que oían algo así.
La canción no llegó a terminar.
A mitad de una estrofa, la radio cortó con un pitido distinto, más serio, y una voz cambió completamente de tono. Mi abuela dejó de espolvorear azúcar. Mi tía Conchi bajó la bandeja despacio, sin dejarla del todo sobre la mesa, como si de repente pesara más. La voz hablaba de un avión, de Bilbao, de una niebla espesa sobre un monte. No entendí del todo las palabras al principio, solo el cambio: ese tono que usan las radios cuando algo se ha roto de verdad.
Mi abuelo entró en la cocina, todavía con la chaqueta del pijama puesta, y se quedó de pie junto a la puerta, sin decir nada, escuchando. Nadie habló durante un buen rato. El sombrero de papel maché de mi tía Conchi seguía torcido, pero ya nadie se reía de eso.
Pasamos el resto de la mañana así, alrededor de la radio, con los buñuelos enfriándose sobre la bandeja sin que nadie los tocara. Algunas familias del barrio tenían parientes en el norte, y se empezaron a oír puertas que se abrían y se cerraban en el rellano, vecinos que iban y venían a llamar por teléfono a casa de otros vecinos, porque entonces no todo el mundo tenía línea propia.
Nunca supe si alguien de nuestra familia, ni de las familias del edificio, tenía relación con aquel vuelo. Nadie lo mencionó después, ni esa tarde ni los años siguientes. Era, simplemente, algo que había pasado muy lejos y muy cerca a la vez, todo en la misma mañana de Carnaval.
El transistor marrón ya no existe, se rompió hace años y nadie lo arregló. Pero cada vez que oigo ese sintetizador seco y metálico, vuelvo a oler el azúcar de los buñuelos enfriándose sin que nadie los toque.
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