Baby I Don't Care: la canción del verano que esperábamos canales nuevos de TV
Relato Semibiográfico
Aquel agosto, en el bar de la piscina municipal, se hablaba de una sola cosa: que iba a haber tele nueva.
No una tele nueva de las de comprar, sino canales nuevos, de los que no eran de toda la vida. Mi tío Paco, que llevaba el bar desde que yo tenía memoria, lo explicaba cada tarde a quien quisiera escucharlo, con el mismo entusiasmo con el que explicaba la receta de su gazpacho: «Esto va a ser como América, ya veréis», decía, secando vasos con un trapo a cuadros que llevaba más manchas que limpieza.
Yo tenía diecinueve años y pasaba el verano haciendo de socorrista suplente, lo cual consistía sobre todo en aplicar crema solar a las señoras mayores que me lo pedían y silbar de vez en cuando a algún niño que se acercaba demasiado al borde hondo. El transistor del bar estaba siempre puesto, encajado entre dos botellas de anís, con la antena torcida hacia la izquierda porque así cogía mejor la señal.
Esa tarde, entre anuncio de helados y boletín de tráfico, sonó algo que hizo que hasta mi tío Paco dejara de secar vasos un segundo.
Transvision Vamp.
«Baby I Don't Care».
1989.
Una guitarra directa, sin rodeos, y una voz de chica que cantaba como si le importara más bien poco lo que pensara nadie. Algo descarado, divertido, con ese punto de chulería que pega tan bien con el calor de agosto. Como si alguien hubiera abierto una lata de Fanta justo en el oído.
Las señoras de las tumbonas empezaron a moverse un poco al ritmo, sin levantarse del todo, esa forma rara de bailar sentada que solo se hace en verano y con calor. Mi tío Paco subió el volumen del transistor sin que nadie se lo pidiera, y siguió con su discurso sobre la tele nueva, ahora con la canción de fondo, como si tuviera banda sonora propia.
Transvision Vamp eran de Londres. La cantante, Wendy James, cantaba con un descaro que a mí entonces me sonaba a otro idioma, a otra forma de estar en el mundo que en mi pueblo nadie practicaba todavía. La canción la había escrito el guitarrista del grupo, casi como un capricho, y acabó siendo su single más grande, el que sonaba en todas las radios de aquel verano en medio mundo. En España, como casi siempre con estos grupos, nadie sabía muy bien quiénes eran. Mi tío Paco, desde luego, no tenía ni idea, y eso no le impidió subir el volumen igual.
—¿Y tú qué crees que van a poner, en los canales esos? —me preguntó mi tío Paco, sin dejar de mover la cabeza al ritmo de la canción.
—Ni idea —le dije, untando crema en la espalda de una señora que llevaba dormida media hora.
—Pues algo pondrán. Algo distinto, digo yo.
No supe qué contestarle. Tenía diecinueve años y mis principales preocupaciones eran no quemarme la nuca y que no se me cayera ningún niño al agua. Me quedé mirando la antena torcida del transistor, preguntándome si alguna vez alguien la había enderezado del todo, y decidiendo que probablemente no, que llevaba así desde siempre y así seguiría.
La piscina cerró a las ocho, como todos los días. Mi tío Paco bajó la persiana metálica del bar con ese estruendo de siempre, y el transistor se quedó apagado hasta el día siguiente. Nunca le pregunté si los canales nuevos llegaron a ser, al final, como él decía que iban a ser. Y él tampoco volvió a mencionarlo, que yo recuerde, una vez que de verdad empezaron a emitir.
Años después supe, sin venir a cuento, en mitad de una conversación sobre otra cosa, que aquel verano se firmaron las primeras licencias de las cadenas privadas. Pensé en mi tío Paco. No sé si llegó a verlas, ni si le gustaron, ni si se acordaba siquiera de aquella tarde en la piscina. Yo sí me acordaba. Me acuerdo, de hecho, cada vez que alguien menciona el verano del 89 sin venir a cuento, igual que me pasó a mí.
Notas del Público
No hay notas aún. Haz clic en "Ver notas" para ser el primero.