La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0059

Wurlitzer Jukebox!: la canción que bajó el volumen de toda una sala de espera

Relato Semibiográfico

En la sala de espera de la estación había seis bancos de madera y, esa tarde, solo dos personas: mi abuela y yo.

Hacía un frío raro para ser mayo, de esos que se meten por debajo del abrigo aunque no llueva. Mi abuela llevaba el bolso sobre las rodillas, con las dos manos encima, como si temiera que alguien fuera a quitárselo aunque allí no había nadie más que el hombre de la taquilla, que llevaba media hora sin levantar la vista del periódico. El tren llevaba ya cuarenta minutos de retraso y nadie había dicho nada por megafonía, ni una palabra, solo ese silencio raro de las estaciones pequeñas cuando no pasa nada.

Yo tenía nueve años y me dedicaba a contar las baldosas del suelo, una costumbre que ya tenía entonces y que no sé muy bien de dónde saqué. Olía a madera vieja y a un poco de gasoil que entraba por la puerta cada vez que alguien la abría, aunque esa tarde nadie la abrió en un buen rato.

Había un transistor pequeño sobre el mostrador de la taquilla, encendido pero muy bajo, casi como ruido de fondo que nadie escuchaba de verdad. Y en algún momento, entre un anuncio y otro, sonó algo que no se parecía a nada de lo que solía sonar en esa radio.

Young Marble Giants.
«Wurlitzer Jukebox!».
1980.

Casi no había nada. Un bajo que caminaba despacio, una guitarra que tocaba dos notas y se callaba, y una voz de mujer que no subía nunca el tono, como si contara un secreto a alguien que estaba muy cerca. No competía con nada. Al contrario: hacía que todo lo demás —el reloj de pared, el papel del periódico al pasar de página, mi abuela respirando— sonara, de repente, mucho más alto de lo normal.

Mi abuela levantó la cabeza un segundo, como si algo le hubiera llamado la atención, y luego volvió a mirar hacia la vía vacía. No dijo nada. Yo tampoco. Como si la canción hubiera bajado el volumen de toda la sala sin tocar ningún botón.

Young Marble Giants eran de Cardiff, una ciudad galesa que entonces no tenía nada parecido a una escena musical propia, ni clubes, ni un circuito de bandas como el de Manchester o Londres. Eran tres: dos hermanos, Stuart y Philip Moxham, y una cantante, Alison Statton, que entonces era pareja de Philip. Grabaron todo el disco en cinco días, en un estudio pequeño del norte de Gales, sin haber producido nada antes en su vida. No tenían batería de verdad: la habían construido ellos mismos, con la ayuda de un primo, juntando piezas sueltas hasta que sonaba más o menos como tenía que sonar. Una discográfica pequeña de Londres los escuchó en una recopilación de bandas de Cardiff y les ofreció grabar un álbum entero solo con dos canciones de muestra. En España, por supuesto, no los conocía nadie. Ni falta que hacía.

El tren llegó por fin, con ese chirrido largo de los frenos que siempre suena más fuerte cuando lleva tiempo esperándose. Mi abuela se levantó despacio, se colgó el bolso del hombro y me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. El hombre de la taquilla apagó el transistor sin mirarlo siquiera, a media frase de otra canción que ya nunca sabré cuál era.

Subimos al tren. Mi abuela se sentó junto a la ventana y yo enfrente, mirando cómo la estación se quedaba atrás, cada vez más pequeña, hasta que ya no se distinguía si seguía allí o no.

Nunca volví a esa estación. Cerró unos años después, y ahora, según me han dicho, es poco más que un andén abandonado con las vías cubiertas de hierba.

Pero cada vez que oigo ese bajo caminando despacio, vuelvo a contar baldosas sin darme cuenta.

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