La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0056

I'm Falling: la canción de la noche que España entró en Europa

Relato Semibiográfico

Mi tía Pilar siempre traía el mismo mantel.

Era blanco, con un bordado de flores azules en las esquinas, y olía a naftalina incluso después de lavado. Lo desplegaba sobre la mesa del comedor con un golpe seco, como quien sacude una bandera, y luego lo iba estirando centímetro a centímetro hasta que quedaba perfecto. Esa Nochevieja —la del 85 al 86— lo hizo igual que todos los años, sin prisa, mientras en la cocina mi madre freía algo que olía a ajo quemado y mi padre discutía con el televisor portátil que no se quería sintonizar bien.

Yo tenía quince años y mi misión, cada Nochevieja, era la misma: poner la mesa sin que se me cayera nada. Cubiertos a la izquierda, copas a la derecha, y las doce uvas en un cuenco pequeño junto a cada plato, ya peladas porque mi abuela decía que con pepitas «alguien se va a ahogar el día de Año Nuevo y luego qué».

En mi habitación, al fondo del pasillo, tenía el radiocasete encendido. Bajito, para que no se oyera desde el comedor. Había grabado una cinta de la radio unos días antes, de esas sesiones de fin de año en las que ponían de todo, sin orden, y entre una canción y otra se quedaba ese siseo de cinta que ya formaba parte del sonido. Llevaba toda la tarde entrando y saliendo de la habitación para subirle un poco el volumen cuando nadie miraba, y bajarlo otra vez cuando mi madre gritaba mi nombre desde la cocina.

Y en una de esas idas y venidas, sonó algo que no esperaba.

The Comsat Angels.
«I'm Falling».
1985.

Un teclado brillante, casi de juguete, con una voz que decía que nunca había pensado que esto pudiera pasar, que nunca había pensado que pudiera sentirse así. Algo ligero. Algo que sonaba a principio de algo, no a final de año. Como si alguien hubiera abierto una ventana en mitad del pasillo y, por un segundo, hubiera entrado un aire distinto.

Me quedé un momento ahí, de pie, con un puñado de cubiertos en la mano. No conocía el grupo. No sabía nada de ellos —ni siquiera sabía que esa misma canción había sonado, ese mismo año, en una película americana sobre dos estudiantes que construían un láser, algo que me contarían mucho después, como quien comparte un secreto sin demasiada importancia—. Solo sabía que la había grabado por casualidad, entre un villancico y un anuncio, y que ahora estaba ahí, sonando en mi habitación mientras mi tía estiraba un mantel con flores azules.

Acabé de poner la mesa. Doce uvas por plato. Las copas un poco torcidas, porque siempre se me torcían.

A las once y media, mi padre consiguió por fin que el televisor se quedara quieto. La imagen entró con esa franja de interferencia subiendo y bajando, hasta que se estabilizó del todo: un plató con luces, banderas, y un hombre con corbata hablando muy serio sobre algo que llevaba meses repitiéndose en las noticias —un tratado, una firma, una fecha—. Mi padre subió el volumen.

—Esto va a cambiar las cosas —dijo, sin que quedara muy claro si hablaba con nosotros o consigo mismo.

Mi madre salió de la cocina con el delantal todavía puesto, secándose las manos en un trapo. Se quedó de pie, mirando la pantalla, con esa expresión que pongo yo ahora cuando leo algo que sé que es importante pero que todavía no sé cómo me va a afectar. En la tele decían que, a partir de esa misma medianoche, España iba a formar parte de algo más grande. Que llevaba siglos, literalmente siglos, mirando hacia Europa desde fuera, y que esa noche, por fin, la puerta se abría.

Yo no entendía del todo qué significaba aquello. Para mí, Europa era un mapa enrollado que había en la clase de geografía, con países de colores que nunca me aprendía bien. Pero entendía la cara de mis padres. Y entendía que aquella Nochevieja era distinta a las demás, aunque el mantel fuera el mismo y las uvas estuvieran igual de peladas que siempre.

The Comsat Angels eran de Sheffield, una ciudad inglesa que entonces vivía el cierre, uno tras otro, de los altos hornos que la habían hecho grande. Llevaban casi diez años tocando cuando grabaron «I'm Falling»: habían empezado siendo un grupo oscuro, casi sombrío, de esos que sonaban a noche cerrada. Pero para 1985 algo había cambiado. La canción que sonaba en mi radiocasete era distinta a todo lo que habían hecho antes: más ligera, más luminosa, casi optimista. En Inglaterra llegó a entrar, por poco, en la lista de los cien discos más vendidos. En España, como casi siempre con estos grupos, no la conocía nadie. Ni falta que hacía. La radio la había puesto una sola vez, esa tarde, y a mí me había bastado.

Sonaron las campanadas. Doce, una detrás de otra, con ese eco metálico que tienen siempre las campanas de la tele. Nos comimos las uvas de pie, alrededor de la mesa con el mantel de flores azules, brindando con algo que a mí me sabía a gaseosa y a los mayores, supongo, a otra cosa. Mi tía Pilar lloraba un poco, como todos los años, sin que nadie le preguntara por qué.

Y al fondo del pasillo, en mi habitación, la cinta seguía girando. La canción había terminado hacía un buen rato, pero el radiocasete seguía encendido, con ese siseo de fondo esperando la siguiente canción grabada. Nadie lo oía. Pero estaba ahí, sonando para nadie, mientras en el comedor empezaba 1986 y alguien en la televisión decía que España ya era, a partir de esa noche, una cosa distinta a la que había sido siempre.

Mi tía Pilar dobló el mantel a las dos de la madrugada, con el mismo cuidado con el que lo había desplegado. Lo guardó en su bolsa, entre papel de seda, para la siguiente Nochevieja. Yo volví a mi habitación, apagué el radiocasete y me metí en la cama sin lavarme los dientes, cosa que normalmente me habría costado una bronca y que esa noche a nadie le importó.

El mantel de las flores azules ya no existe. Mi tía Pilar, tampoco. La cinta se desmagnetizó hace años, en una caja de mudanza que nunca llegué a abrir del todo.

Pero esa canción, cada vez que suena, todavía me deja doce uvas en la boca.

Notas del Público

No hay notas aún. Haz clic en "Ver notas" para ser el primero.

Expedientes Relacionados