Obsession: la noche que mi amigo no me explicó nada
Relato Semibiográfico
El bar de la esquina cerraba a las dos, pero el dueño nunca echaba a nadie antes de las tres.
Yo tenía diecinueve años y no debería haber estado allí. Pero Martín llevaba media hora sin volver del baño, y eso, en aquel sitio, podía significar dos cosas: que se había quedado dormido sobre la taza, o que estaba en la trastienda hablando de algo que no quería que yo oyera. Llevaba toda la noche pasando de una mesa a otra con la chaqueta puesta y los ojos demasiado abiertos, como si esperase que alguien entrara por la puerta en cualquier momento. Y no de los que quieres ver llegar.
Me senté en la barra, sobre un taburete que se movía si no apoyabas bien los dos pies, y pedí lo único que sabía pedir sin que el camarero alzase una ceja: una cerveza. Olía a tabaco rancio y a algo dulzón que nunca llegué a identificar del todo —¿anís?, ¿colonia barata mezclada con cerveza?—. Las luces de neón de fuera entraban cortadas por la persiana, en líneas naranjas que se quebraban sobre los azulejos del suelo, como si alguien hubiera tirado una baraja de cartas encendida.
Y entonces sonó algo, bajo, casi debajo del ruido de los demás.
Xymox.
«Obsession».
1989.
Un trueno sintético abriendo paso a un ritmo de baile frío, casi metálico, y una voz de hombre que no suplicaba ni cantaba del todo, sino que repetía algo a media voz, como quien confiesa algo que ya no le importa que sepan. No la reconocí. No tenía por qué. Sonaba en la radio del bar mientras el camarero secaba copas con un trapo que llevaba más manchas que la propia barra. Como si alguien hubiera puesto la única canción que tenía sentido para esa hora, sin pensarlo demasiado.
Martín seguía sin volver. Empecé a contar los azulejos del suelo —algo que hacía cuando los nervios me ganaban la partida, una costumbre que nunca le confesé a nadie—. Doce hasta la puerta del baño. Catorce hasta la trastienda. El camarero me miraba de cuando en cuando, sin decir nada, como si supiera algo que yo no sabía y hubiera decidido, por una vez, no meterse.
Había un hombre al fondo, en la mesa más alejada de la luz, con un abrigo demasiado bueno para aquel bar. No hablaba con nadie. Tenía un vaso delante que no había tocado en todo el rato que llevaba mirándolo, y miraba hacia la puerta de la trastienda con la misma fijeza con la que yo miraba los azulejos. Cuando nuestros ojos se cruzaron, no apartó los suyos. Yo sí.
La canción seguía sonando, ahora un poco más alta, como si el camarero hubiera subido el volumen sin que nadie se lo pidiera. Xymox eran, según leería años después, dos estudiantes de Nimega que se habían conocido por casualidad y habían acabado tocando los dos con el mismo bajo, turnándose, porque solo tenían uno entre los dos. Le dieron una cinta grabada a un cantante australiano que pasaba por Ámsterdam, en un restaurante, sin esperar nada a cambio, y ese cantante les invitó a abrir su primera gira en Inglaterra. Diez años después, esa misma canción —ya con sintetizadores grandes, ya con un sello importante detrás— sonaba en un bar de mala muerte de un barrio donde nadie sabía ni cómo se escribía su nombre. En España, como casi siempre con estos grupos, no la conocía nadie. Ni falta que hacía. Sonaba igual de bien sin que nadie supiera de dónde venía.
Martín salió por fin. No de la trastienda, sino del baño, con la cara mojada como si se hubiera echado agua para despejarse. Vino directo a la barra, sin mirar al hombre del abrigo, sin mirarme casi a mí tampoco, y dijo solo:
—Nos vamos.
No le pregunté por qué. Había aprendido, que algunas preguntas se contestan solas si esperas lo suficiente, y otras es mejor no hacerlas nunca. Dejó un billete sobre la barra, más de lo que costaba mi cerveza y su última copa juntas, y el camarero lo cogió sin contarlo, sin darle las gracias, como quien acepta algo que ya esperaba.
Salimos a la calle. El frío de fuera era distinto al del bar: más limpio, más afilado. Martín caminaba rápido, con las manos en los bolsillos, mirando hacia atrás cada dos esquinas sin que pareciera que estaba mirando hacia atrás. Yo intentaba seguirle el paso sin preguntarle si el hombre del abrigo nos había seguido. No lo hizo. O si lo hizo, lo hizo bien.
Me dejó en mi portal cuando ya clareaba un poco, ese gris sucio que tiene el cielo antes de decidirse a ser de día. No subió. Se quedó un momento en la acera, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle por la que habíamos venido, como quien espera que algo termine de pasar del todo antes de irse.
Nunca supe qué pasó esa noche en la trastienda. Nunca pregunté, y él nunca lo contó. Hay cosas que se quedan así, a medio resolver, como una canción que se corta justo antes del final.
Pero cada vez que oigo ese ritmo frío, ese trueno sintético de fondo, vuelvo a contar azulejos sin darme cuenta.
Notas del Público
No hay notas aún. Haz clic en "Ver notas" para ser el primero.