The Final Resting of the Ark: la canción que sonaba mientras todos miraban a Sabrina
Relato Semibiográfico
La Nochevieja del 87 la pasé en casa de mis abuelos.
No había elección. En casa de mis abuelos se pasaban todas las Nochevieja. Era así, y punto. El comedor olía a caldo y a la colonia de mi abuelo y a la misma conversación de siempre. Los mayores hablando de los mayores. Los críos aguantando el sueño hasta las uvas.
Y la televisión encendida. Siempre encendida.
No recuerdo a qué hora salió exactamente. Recuerdo que de repente todo el mundo se calló. Mi tía dejó la copa encima de la mesa. Mi madre se giró hacia la pantalla. Mi abuelo se puso las gafas, que era lo que hacía cuando quería ver algo de verdad.
Era Sabrina.
Era eso que todo el mundo recuerda y que nadie termina de admitir del todo que recuerda. La música daba igual. Nadie estaba escuchando la música. Lo que ocurría en aquella pantalla era otra cosa, y al día siguiente todo el colegio hablaría de ello, y los periódicos, y las radios, y los vecinos en el portal.
Yo me levanté de la mesa.
Fui al cuarto de mi abuelo. Había una radio pequeña encima de la mesilla, de esas con el dial de números y la aguja naranja. La encendí sin saber muy bien para qué. Supongo que quería escuchar algo que no fuera lo que había en el comedor. Algo que no me pidiera ninguna reacción concreta.
Y entonces sonó esto.
Felt.
«The Final Resting of the Ark».
Water Orton, Inglaterra. Septiembre de 1987.
No supe quiénes eran. El nombre de la canción no lo supe hasta mucho después. Solo recuerdo la guitarra. Limpia. Sola. Como alguien tocando en una habitación vacía sin esperar que nadie escuchara.
Felt eran un proyecto inglés liderado por un tipo que se hacía llamar solo Lawrence. Nada más. Sin apellido. Tenía una obsesión: publicar exactamente diez álbumes y diez singles en diez años, de 1979 a 1989, y luego parar. Y lo hizo. Con esa precisión un poco rara que tienen las personas que han decidido algo de verdad y no se mueven.
«The Final Resting of the Ark» era el noveno de esos diez singles. Cinco canciones. Menos de diez minutos en total. Lo produjo Robin Guthrie, de los Cocteau Twins, y básicamente lo grabó Lawrence casi solo, casi de un tirón. Una canción breve, delicada, que no pedía nada.
Nunca entraron en las listas del Reino Unido. En España no los conocía nadie. No sonaban en ninguna radio a ninguna hora razonable. Existían en ese espacio pequeño donde viven las cosas que no buscan público, que solo buscan existir.
La canción duró dos minutos y medio. Quizá menos. Cuando terminó, la radio siguió sonando, pero ya era otra cosa. Otra voz, otro mundo.
Volví al comedor. Las uvas. Las campanadas. Mi abuelo brindando con el vaso en alto. El comedor oliendo a lo de siempre.
En la televisión habían puesto otra cosa.
Pero yo seguía pensando en aquella guitarra. En aquella habitación. En aquel tipo que había decidido grabar diez discos en diez años y luego desaparecer, con la misma tranquilidad con la que alguien cierra una puerta sin dar un portazo.
Hace tiempo encontré la canción en internet. La escuché con auriculares, de noche, sin decírselo a nadie.
Y me pasó lo mismo que en el cuarto de mi abuelo.
La guitarra seguía igual. Dos minutos y medio de alguien tocando sin pedirte nada. Sin prometerte nada. Solo eso, y sin embargo algunas canciones no necesitan que nadie las escuche para seguir existiendo.
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