La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0052

Eighties: la canción que sonaba cuando no tenías edad para estar ahí

Relato Semibiográfico

El carnet era de mi primo mayor.

Se lo cogí sin pedirle permiso. Nos parecíamos un poco, sobre todo en la foto, que era mala y estaba un poco movida. Lo suficiente para que en la puerta de una discoteca de verano, con esa luz naranja que tienen para que nadie se vea del todo bien, el portero lo mirara medio segundo y te lo devolviera sin levantar los ojos.

Catorce años. El corazón a cien. Las manos un poco húmedas dentro de los bolsillos del pantalón.

Dentro olía a colonia barata y a humo y a algo dulce que tardé años en identificar. Olía a discoteca. A ese olor que solo existe en las discotecas de verano en España: paredes de plástico, altavoces pegados al techo con cinta americana, la pista de baile brillando de una manera que de día te daría vergüenza ajena pero de noche era exactamente lo que tenía que ser.

Yo no sabía bailar. Ninguno de los que habíamos ido sabíamos. Nos quedamos cerca de la barra, con los vasos en la mano, sin hablar demasiado. Intentando no parecer lo que éramos. Que era difícil. Que era imposible, en realidad, pero lo intentábamos igual.

Llevábamos un rato ahí cuando el DJ puso algo que no reconocí.

No era Duran Duran. No era Modern Talking. No era ninguna de esas canciones que conocías de haberlas escuchado en el coche de tus padres o en la radio del baño por las mañanas. Esto era otra cosa. Más oscuro. Más duro. Con un riff de guitarra que no anunciaba que iba a entrar. Simplemente entraba.

Killing Joke.
«Eighties».
Londres, 1984.

La pista cambió. No toda. Algunos se pararon en mitad del movimiento, como si les hubieran dicho algo raro. Otros se fueron hacia los lados, hacia la penumbra. Pero los que se quedaron empezaron a bailar de otra manera. Con más peso en los pies. Con menos cara de estar haciéndolo bien.

Yo no me moví. Me quedé con el vaso en la mano mirando la pista. No por timidez exactamente. Porque había algo en aquella canción que me pedía que me quedara quieto y la escuchara. Que no la desperdiciara bailando.

No supe quiénes eran hasta mucho después. Killing Joke. Jaz Coleman y tres personas más, de Notting Hill, desde finales de los 70. Post-punk de Londres, oscuro y bailable al mismo tiempo. Una voz que alguien describió una vez como la de Lemmy de Motörhead encima de ritmos que te entraban por las piernas antes de que te diera tiempo a decidir si querías bailar o no.

La canción llegó al número 60 en las listas británicas. No entró en el Top 40. En España no los conocía nadie. Esa canción no estaba en ningún sitio donde yo pudiera haberla encontrado. Y aun así estaba ahí, sonando en una discoteca de verano a las doce de la noche, en el verano de 1984.

Supe después que Coleman escribió la letra en una granja en Suiza, adonde la banda había llegado después de tocar en Ginebra. Que Geordie Walker, el guitarrista, encontró el riff una noche mientras el resto dormía, o intentaba dormir. Que Coleman lo escuchó desde el piso de arriba y bajó las escaleras sin terminar de despertarse. Que supo en ese momento que ahí estaba la canción. Que la letra la sacó de una novela del siglo XIX sobre una raza que vivía bajo tierra y tenía poderes que los humanos no podíamos entender.

Todo eso lo supe después.

Aquella noche solo supe que duraba tres minutos y cincuenta y un segundos y que cuando terminó, el DJ puso otra cosa y la discoteca volvió a ser lo que era.

Salí antes de las dos. Tenía que estar en casa antes de que mi madre se despertara. Volví andando, con el carnet de mi primo en el bolsillo y ese calor de agosto que en la calle de noche todavía aprieta pero ya no quema.

Años después supe que Kurt Cobain estaba nervioso antes de sacar «Come As You Are» porque el riff se parecía demasiado al de esta canción. El mánager de Nirvana lo reconoció en un libro. Killing Joke nunca llegó a demandarles. Y en 2003, Dave Grohl tocó la batería en el disco de Killing Joke. Hay deudas que se saldan así, sin papeles, sin abogados.

No sé si mi primo echó de menos el carnet. Nunca me dijo nada.

Y yo no le dije que aquella noche había escuchado algo que no iba a olvidar.

Pero no lo olvidé.

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