Héroe de Leyenda: La canción que mi hermana y su amiga escucharon esa noche no era de la radio
Relato Semibiográfico
Todo empezó con Chernóbil. Bueno, no exactamente aquella noche, pero sí de alguna manera. Llevábamos más de un año con ese miedo pegado al cuerpo —ese tipo de miedo que no tiene cara pero que está ahí, debajo de todo—. El 26 de abril de 1986, el reactor número cuatro de la central nuclear soviética de Chernóbil había explotado. Y la nube radiactiva había cruzado buena parte de Europa. España se libró, aunque en aquel momento nadie lo tenía del todo claro. Los periódicos publicaban tablas con niveles de cesio en otros países. Mi madre había dejado de comprar espinacas. Mi padre decía que eran exageraciones. Ninguno de los dos tenía muy claro qué creer.
En 1987 ese miedo seguía ahí. Silencioso. Instalado.
Fue en ese clima cuando oí por primera vez «Héroe de Leyenda».
Era un viernes de noviembre. Mis padres habían salido a cenar. Yo tenía diecisiete años y la misión —no pedida, pero aceptada— de vigilar a mi hermana María, que tenía trece y había invitado a dormir a su amiga Sonia. Las dos estaban en el cuarto con la puerta cerrada haciendo lo que hacen las chicas de trece años cuando creen que nadie las escucha: reírse de cosas sin gracia y hablar en voz demasiado alta.
Yo estaba en el salón con la radio de fondo. Un programa de Los 40 que no me interesaba especialmente. Entonces el locutor mencionó algo sobre un grupo de Zaragoza que acababa de sacar un single. «Héroes del Silencio». Y empezó la canción.
Héroes del Silencio. «Héroe de Leyenda». 1987.
Lo primero que pensé fue: esto no suena a grupo español. La guitarra de Juan Valdivia tenía una oscuridad que aquí no era habitual —algo entre The Mission y The Cure, pero más seco, más de piedra—. Y luego estaba la voz de Bunbury. Grave y tensa a la vez. Como si cada palabra le costase un esfuerzo que no estaba dispuesto a mostrar. «El héroe de leyenda pertenece al sueño de un destino. Me quedé quieto en el sofá. Sin moverme.
Fue entonces cuando oí los pasos.
Dos pares de pies descalzos sobre el parqué. La puerta del salón se abrió despacio y aparecieron María y Sonia, en pijama, con una expresión rara. No exactamente miedo. Pero tampoco otra cosa.
—¿Qué es eso? —preguntó María.
—Una canción.
—Ya sé que es una canción. ¿De quién?
—Héroes del Silencio. Son de Zaragoza.
Sonia se quedó en la puerta, brazos cruzados, cara de quien preferiría estar en otro sitio.
—Da un poco de miedo —dijo.
—Es una canción —dije yo.
—Ya, pero da miedo igual.
Se sentaron las dos en el otro extremo del sofá. Fuera llovía. Una lluvia fina de noviembre, de esas que no hacen ruido pero tampoco paran. Había algo en la combinación —la guitarra oscura, la lluvia, el miedo instalado desde el año anterior— que hacía que el salón pareciera más pequeño. Como si las paredes se hubieran acercado un poco mientras no mirábamos.
—¿Tú crees que la lluvia es radiactiva? —preguntó María de repente.
Silencio.
—No —dije.
—Papá dice que no, pero mamá ya no compra espinacas.
—Las espinacas son otra cosa.
—¿Por qué?
No supe qué contestar. Sonia miraba la ventana. La lluvia seguía. La canción había terminado hacía un rato, pero en el salón quedaba algo de ella, como el humo después de apagar una vela: invisible, pero todavía ahí.
—Id a dormir —dije al final.
Se levantaron sin protestar. Raro en ellas. En la puerta, María se giró.
—¿Cómo se llamaba?
—«Héroe de Leyenda».
Asintió despacio, como si le cuadrara algo.
—Tiene sentido —dijo. Y desapareció por el pasillo.
Me quedé solo. La radio seguía. La lluvia también. Pensé en Chernóbil, en la nube que había cruzado media Europa sin que nadie pudiera verla. Pensé en que el miedo más difícil de aguantar no es el que tiene forma. Es el que no la tiene. El que está en la lluvia sin que sepas si es solo lluvia.
Mis padres volvieron a medianoche. Todo en orden. Las chicas dormían. Apagué la radio y me fui a la cama.
Pero antes busqué en el dial hasta encontrar otra emisora que pusiera la canción. No la encontré. Nunca se repite exactamente lo que necesitas oír en el momento en que más lo necesitas. Eso también lo aprendí aquella noche.
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