La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0070

Geno: la canción de la tarde que se interrumpió la radio para hablar de una montaña que ya no estaba

Relato Semibiográfico

Aquel domingo de mayo de 1980 yo tenía casi diez años y estaba en el salón de casa con la radio puesta, tumbado en el suelo con los codos apoyados en la alfombra, mientras mis padres hacían algo en la cocina que olía a guiso de domingo. En la radio sonaba una canción que llevaba semanas sonando en todas partes, con metales que entraban con una energía que no se parecía a nada de lo que solía escuchar: trompetas, un coro que repetía un nombre una y otra vez como si fuera un conjuro. «Geno! Geno! Geno!». No entendía la letra. No hacía falta entenderla para que se te metiera dentro.

Dexys Midnight Runners. «Geno». 1980.

Llevaba semanas siendo el número uno en las listas británicas, aunque yo eso tampoco lo sabía entonces. Lo único que sabía era que cada vez que la ponían en la radio, mi padre, que normalmente no decía nada de la música que yo escuchaba, asomaba la cabeza desde la cocina y decía algo como «esto sí que tiene ritmo», con ese tono de aprobación que tan pocas veces dedicaba a nada que sonara después de 1965. Aquel domingo la habían puesto dos veces seguidas, y yo estaba tarareando el estribillo sin saber muy bien lo que tarareaba cuando mi madre, desde la cocina, dijo algo que no entendí del todo.

—¿Qué dices? —pregunté.

—Que apaga eso un momento. Han dicho algo en la radio de las noticias. Una montaña.

Cambié de emisora. Lo que escuché no lo olvidé nunca. Un volcán en Estados Unidos, en el estado de Washington, había explotado aquella misma mañana. El locutor hablaba con esa voz grave que se usa para las cosas importantes, diciendo que la ladera norte de la montaña se había desplomado entera, que la explosión se había oído a más de doscientos cincuenta kilómetros de distancia, que una nube de ceniza había subido más de quince kilómetros hacia el cielo. Decía que había muertos. Que no se sabía cuántos.

Me quedé sentado en el suelo, sin moverme, con la radio todavía en la mano. Diez años es una edad rara para entender ciertas cosas: lo bastante mayor para que te asuste de verdad, lo bastante pequeño para no tener del todo claro qué tamaño tiene el mundo y qué tamaño tiene una montaña. Intenté imaginarme una montaña entera desapareciendo de golpe y no pude. Lo que sí pude imaginar fue el ruido. El locutor había dicho que se había escuchado a doscientos cincuenta kilómetros. Pensé en mi calle, en mi colegio, en la plaza donde jugaba al fútbol los sábados, e intenté calcular qué distancia sería esa, y no me salían las cuentas, pero sabía que era mucho. Mucho ruido. Mucho.

Mi padre entró en el salón secándose las manos con un trapo de cocina.

—¿Qué pasa? —preguntó, viéndome la cara.

—Un volcán. En América. Ha explotado.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Dicen que hay muertos.

Mi padre se sentó en el sofá, sin decir nada más, y se quedó escuchando conmigo el resto del boletín. El volcán se llamaba Santa Helena. Había estado más de cien años sin entrar en erupción, dijo el locutor, y llevaba semanas dando señales de que algo se movía dentro: pequeños terremotos, una protuberancia en la ladera que iba creciendo día tras día sin que nadie supiera exactamente cuándo iba a estallar. Y aquella mañana, a las ocho y media, había estallado.

—Qué cosa más rara —dije.

—¿El qué?

—Que algo así pueda pasar sin que nadie sepa el día exacto. Que lo sepan, pero no del todo.

Mi padre no contestó. Se quedó mirando la radio, como si en ella pudiera ver algo más de lo que se oía.

Al cabo de un rato volví a poner la emisora de música. Sonaba otra cosa, no «Geno», pero me quedé con la radio puesta de todas formas, en el suelo del salón, pensando en aquella montaña que ya no tenía la misma forma que tenía esa misma mañana. Hay cosas que cambian de golpe y otras que llevan semanas avisando antes de cambiar, pensé, sin saber muy bien si estaba pensando en el volcán o en otra cosa. Diez años. A esa edad uno no distingue bien entre las dos clases de cambios. Solo sabe que ha pasado algo, y que el mundo, después de ese algo, ya no suena exactamente igual.

Nunca volví a escuchar «Geno» sin pensar en aquella tarde. La trompeta que entraba al principio de la canción, ese «Geno! Geno! Geno!» coreado, se quedó pegado para siempre a la imagen de una montaña que yo nunca había visto y que, de un día para otro, había dejado de tener la cima que tenía.

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