Héroes del Silencio
Zaragoza, diciembre de 1984. Todo empezó en la puerta de los estudios de Radio Zaragoza, con una maqueta debajo del brazo y sin saber todavía cómo llamarse. Los hermanos Juan y Pedro Valdivia llevaban tiempo tocando con su primo Javier Guajardo Valdivia en un grupo de nombre poco afortunado, Zumo de Vidrio. Habían conocido a Enrique Ortiz de Landázuri —que ya entonces firmaba como Bunbury— tocando el bajo y cantando en otro grupo de la escena zaragozana, Proceso Entrópico, y le habían invitado a unirse. Alguien sugirió Héroes del Silencio, que era el título de una de sus primeras canciones. Les sonó bien. Se quedaron con él. El primer concierto fue el 16 de diciembre de 1984. En 1985 llegaron los últimos dos fichajes de la formación definitiva: Joaquín Cardiel al bajo, para que Bunbury pudiera concentrarse en cantar, y Pedro Andreu a la batería, en sustitución de Pedro Valdivia, que dejó el grupo para centrarse en sus estudios. Cuatro músicos de Zaragoza que no tenían nada que ver con la Movida madrileña y que tampoco querían tenerlo. Sus influencias eran Joy Division, The Cure, Led Zeppelin, William Blake. Un combinado que en España, en 1985, no lo hacía nadie.
En 1987 grabaron su primer trabajo, el EP Héroe de Leyenda, producido por Gustavo Montesano, guitarrista de Olé Olé, que los había visto tocar en la sala En Bruto de Zaragoza y los había puesto en contacto con EMI. La discográfica, con poca fe en un grupo de rock oscuro de provincias, les ofreció grabar cuatro temas como prueba. La meta era vender cinco mil copias. Vendieron treinta mil. Récord para un maxi de debut en España. Al año siguiente, EMI les dejó grabar su primer álbum, El mar no cesa (1988), que alcanzó el disco de platino. El sonido no les convencía del todo —demasiado pulido, demasiado pop para lo que eran en directo—, pero la gira que siguió fue la que lo cambió todo: en un concierto en Calatayud, entre el público, estaba Phil Manzanera, el guitarrista de Roxy Music, que quedó tan impresionado por su actuación que se ofreció a producirles el siguiente disco.
Senderos de Traición (1990) fue grabado en dos semanas en los estudios Kirios de Madrid. Manzanera grabó las bases de bajo y batería en tomas en directo, sin trampa. El resultado era lo que siempre habían sido en el escenario pero que ninguna grabación anterior había conseguido capturar. «Entre dos tierras» y «Maldito duende» se convirtieron en himnos instantáneos. El disco llegó al número uno en España, vendió más de 250.000 copias en Alemania y 100.000 en Italia. Una banda española de rock cantando en castellano en las listas alemanas. Antes de ellos, nadie lo había hecho. La gira que siguió recorrió España, Alemania, Suiza, Bélgica y Francia, y en el festival Rock Against Racism de Berlín en 1991, ante decenas de miles de personas, se terminó de confirmar algo que en Zaragoza ya sabían desde el principio: que Héroes del Silencio era un fenómeno que no tenía equivalente en el rock en español.
El espíritu del vino (1993) fue más ambicioso, más oscuro, más difícil. Les superó en ventas a Senderos. Avalancha (1995), grabado en Los Ángeles con Bob Ezrin —productor de Pink Floyd y Lou Reed— como sustituto de un Manzanera incapaz de mediar entre Bunbury y Valdivia, fue el último. Las tensiones entre los dos se habían vuelto insostenibles. En octubre de 1996, tras un concierto en Los Ángeles, el grupo anunció su separación. Habían vendido más de seis millones de discos en treinta y siete países y ofrecido más de mil conciertos. Bunbury inició una carrera en solitario que sigue activa. Valdivia, Cardiel y Andreu tomaron caminos distintos.
En 2007, once años después, volvieron para una gira de diez conciertos de despedida. Las entradas se agotaron en minutos. En 2021, Netflix estrenó el documental Héroes: Silencio y Rock & Roll, que acercó su historia a una generación que no los había vivido en directo y que los descubrió como si fueran nuevos. Héroes del Silencio nunca encajaron del todo en ninguna etiqueta: demasiado oscuros para el pop, demasiado melódicos para el rock duro, demasiado españoles para Europa y demasiado europeos para España. Quizá por eso aguantan. Las cosas que no encajan en ningún cajón son las que más duran.
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