La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0071

Fly on the Windscreen: la canción con la palabra muerte que sonaba en mi walkman cuando el Challenger explotó

Relato Semibiográfico

Era martes, 28 de enero de 1986, y yo tenía quince años y medio y un walkman azul de segunda mano que se comía las cintas si no le dabas un golpecito en el lado derecho antes de darle al play. La cinta que llevaba dentro era una grabación casera, sin carátula, con la letra escrita a bolígrafo en la etiqueta: cara A, Depeche Mode. Cara B, más Depeche Mode. La había grabado de un disco que me había dejado un compañero del instituto que era de esos chicos que sabían cosas antes que los demás: qué grupos merecían la pena, qué películas había que ver, qué revistas traían cosas que no encontrabas en ningún quiosco de Madrid.

Volví del colegio a las cinco menos cuarto. Mi hermana María, que tenía once años y llegaba antes que yo porque su colegio quedaba más cerca, estaba en el salón viendo dibujos animados con el volumen alto. Me senté en el sofá a su lado con los cascos puestos, le di el golpecito al walkman, y empecé a escuchar.

Depeche Mode. «Fly on the Windscreen». 1985.

La canción empezaba así: «Death». Una voz que decía «muerte» dos veces antes de que entrara nada más. Luego un sintetizador que avanzaba despacio, como algo que se arrastra por el suelo sin prisa y sin intención de parar. Martin Gore había escrito aquella canción, que la banda quería publicar como single, pero acabó siendo la cara B de «It's Called a Heart». Alan Wilder había insistido desde el principio en que debería haber sido la cara A. La discográfica lo vetó. El motivo era exactamente ese: la primera palabra era «death». Nadie quería abrir un single con la palabra muerte en 1985. Así que la muerte se quedó en la cara B, esperando su momento.

Llevaba un par de minutos con los cascos puestos cuando mi hermana María hizo algo que no hacía casi nunca: apagó la tele sin que nadie se lo pidiera. Me quité un casco.

—¿Qué pasa?

—Han cortado los dibujos —dijo—. Están poniendo algo raro.

En la pantalla había un locutor con cara de no saber muy bien cómo decir lo que tenía que decir. Detrás de él, en la pantalla pequeña del estudio, se veía una imagen que tardé unos segundos en entender: una columna de humo blanco que se bifurcaba en dos, como una Y al revés, sobre el azul del cielo de Florida. El transbordador espacial Challenger acababa de desintegrarse setenta y tres segundos después del despegue. Los siete tripulantes —el comandante Francis Scobee, el piloto Michael Smith, los especialistas Ronald McNair, Ellison Onizuka y Judith Resnik, el ingeniero Gregory Jarvis y la maestra Christa McAuliffe, la primera civil que iba a dar una clase desde el espacio— habían muerto.

Me quedé con un casco puesto y otro colgando, mirando la pantalla. En el casco que seguía en mi oreja, Dave Gahan cantaba despacio, con esa voz suya que no pedía nada: «Come here, kiss me». Ven aquí. Bésame. La canción que empezaba con la palabra muerte terminaba pidiendo que alguien se acercara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó María.

—Un cohete. Ha explotado.

—¿Con gente dentro?

—Sí.

Se quedó mirando la pantalla un momento. Luego me miró a mí, luego miró el walkman.

—¿Qué estás escuchando?

—Una canción.

—¿De quién?

—Depeche Mode.

—¿Y de qué va?

No supe qué contestarle. De la muerte, podría haberle dicho. De que todo termina y de que mientras tanto hay que acercarse y besar a alguien. Pero tenía once años y aquello me pareció demasiado para un martes por la tarde con el Challenger ardiendo en la tele.

—De nada en concreto —dije.

Mis padres llegaron más tarde y encendieron el telediario. La imagen de la Y de humo se repitió varias veces, desde distintos ángulos, en cámara lenta. La cabina del Challenger había salido entera de la explosión y había caído al océano Atlántico desde catorce kilómetros de altura. Tardaron semanas en encontrarla. El frío aquella mañana en Cabo Cañaveral era extremo —apenas dos grados centígrados— y los ingenieros de Morton Thiokol habían advertido la noche anterior que las juntas tóricas del cohete perderían elasticidad con esas temperaturas. La NASA decidió lanzar de todas formas. Setenta y tres segundos. Eso fue todo.

Aquella noche, en la cama, volví a poner la cinta. La cara B. El golpecito en el lado derecho. «Death». La voz que decía muerte dos veces antes de que entrara nada más. Y pensé en que Alan Wilder tenía razón: aquella canción debería haber sido la cara A desde el principio. No porque fuera mejor que la otra, que también lo era. Sino porque había cosas que merecían ir al frente, aunque la primera palabra que dijeran fuera la más difícil de todas.

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