Manuel Raquel: la canción que sonó en la Casa de la Radio el verano que aprendí a escuchar
Relato Semibiográfico
El verano de 1988 me lo pasé en Pozuelo de Alarcón. No de vacaciones. Haciendo prácticas. El Instituto Oficial de Radio y Televisión te daba, si llegabas al final del curso con las notas en orden, la posibilidad de hacer unas prácticas becadas en el Ente Público de Radio y Televisión Española. Yo llegué con las notas en orden y me tocó hacerlas en Radio Nacional de España. Y así fue como acabé cogiendo el autobús de ruta cada mañana a las siete menos cuarto, dirección Prado del Rey, con dieciocho años y una mochila con el bocadillo y un cuaderno donde se suponía que tenía que apuntar cosas.
La Casa de la Radio era un edificio grande y laberíntico que llevaba desde 1972 funcionando como sede central de RNE. Pasillos largos, puertas numeradas, luces de «en antena» que se encendían en rojo sin avisar. El primer día me perdí dos veces buscando la cafetería. El segundo día ya me perdía con más confianza. Había algo en aquel sitio que olía a tiempo acumulado: a locutores que llevaban décadas leyendo noticias detrás del mismo micrófono, a técnicos de sonido que sabían exactamente cuántos segundos tardaba en callarse el eco de cada estudio.
Mi trabajo consistía básicamente en observar, llevar papeles de un sitio a otro y no tocar nada que no me dijeran expresamente que podía tocar. Lo cual era más complicado de lo que parecía, porque todo en una emisora de radio tiene aspecto de poder tocarse. Pero aprendí rápido. Y aprendí sobre todo a escuchar. En RNE, el sonido no paraba nunca. Salía de todas partes: de los monitores de los estudios, de las radios encendidas en los despachos, del hilo musical de la cafetería. Uno de los técnicos con los que coincidí aquellas semanas, un tipo de unos cuarenta años que se llamaba Manolo y que fumaba en pipa, me dijo el primer día algo que se me quedó: «Aquí lo más importante no es hablar. Es aprender a escuchar lo que nadie más oye».
Fue Manolo quien me habló de Tam Tam Go! una tarde de julio, mientras esperábamos a que terminara una grabación. Había puesto una cinta en el radiocasete del cuarto técnico y sonaba una canción en castellano que no reconocí.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Tam Tam Go! —dijo, sin apartar los ojos de la consola—. Son de Badajoz. Acaban de sacar disco.
—Suenan ingleses.
—Es que lo son, casi. Los hermanos vivían en Londres. Pero esta la han cantado en castellano. La letra la escribió Ricardo Franco, el director de cine.
—¿El de Pascual Duarte?
Manolo me miró por encima de las gafas con una expresión que no era exactamente de sorpresa pero que se le parecía.
—Para ser un becario sabes demasiado —dijo. Y volvió a la consola.
Tam Tam Go! «Manuel Raquel». 1988.
La canción hablaba de alguien que llevaba en cuerpo de hombre una mujer en su mente. De alguien que huía de las redadas, que era detenido una y otra vez, que no aguantó siquiera el primer invierno. Una historia de supervivencia y de fracaso, contada sin aspavientos, con la misma voz tranquila con la que se cuenta cualquier otra cosa. En la España de 1988 aquello era mucho. Era demasiado para una canción de pop que sonaba en las radios y en las discotecas de verano, y que la mayoría de la gente coreaba sin escuchar del todo lo que estaba diciendo. «Es muy difícil pasear de incógnito en el infierno». Una frase de Ricardo Franco metida en una canción de tres minutos y medio. De esas cosas que solo funcionan cuando nadie se da cuenta de lo que está pasando.
Me quedé con la canción aquella tarde y la seguí escuchando las semanas siguientes. El disco se llamaba Spanish Shuffle y estaba grabado casi entero en inglés, en los estudios Cuarzo de Madrid, con un batería londinense llamado Jon Knox que había puesto diez mil libras de su propio bolsillo para que el proyecto pudiera existir. «Manuel Raquel» era la excepción: la única canción en castellano, la que nadie esperaba que funcionara, la que terminó siendo la más escuchada de todas. Esas cosas pasan.
Las prácticas terminaron a finales de agosto. El último día, Manolo me dio un apretón de manos y me dijo que tenía oído. No sé si era un cumplido o simplemente una constatación. Volví a coger el autobús a las siete menos cuarto, esta vez en dirección contraria. Madrid al fondo, Prado del Rey quedándose atrás. En el walkman llevaba una cinta grabada con canciones de aquel verano. «Manuel Raquel» estaba la primera de la cara A.
Aprendí muchas cosas aquel verano en la Casa de la Radio. Aprendí que el silencio en antena dura exactamente lo que tarda alguien en darse cuenta de que algo ha salido mal. Aprendí que los técnicos de sonido fuman en pipa aunque esté prohibido. Y aprendí que a veces la canción más importante del disco es la que nadie apostaba por ella. La que habla de cosas que la gente corea sin terminar de escuchar. Y que sin embargo están ahí, para quien quiera oírlas.
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