Depeche Mode
Basildon, Essex, marzo de 1980. Una ciudad nueva, construida después de la guerra para reubicar a familias de los barrios obreros del este de Londres, sin historia propia, sin escena musical, sin nada especialmente interesante. Vince Clarke y Andy Fletcher llevaban años tocando juntos en proyectos que no iban a ningún lado. Martin Gore venía de un dúo acústico llamado Norman and the Worms. Los tres formaron Composition of Sound en el club juvenil Woodlands de Basildon, con teclados prestados o comprados con el dinero de trabajos de fin de semana, inspirados en lo que acababan de escuchar: «Electricity» de OMD, que sonaba tan diferente a todo que Clarke dijo que era lo que quería hacer él. El cantante llegó casi por accidente: Dave Gahan apareció una noche haciendo de roadie para otro grupo, empezó a cantar «Heroes» de Bowie por encima del hombro, y Clarke le invitó a unirse. El 24 de septiembre de 1980, en el Bridge House de Londres, tocaron por primera vez como Depeche Mode, nombre sacado de una revista francesa de moda que Gahan tenía a mano cuando alguien le preguntó cómo se llamaba el grupo.
El debut, Speak & Spell (1981), llegó al número 10 en el Reino Unido y presentó al mundo una banda de pop electrónico brillante y adictivo. Pero Clarke se fue nada más publicarlo, para fundar primero Yazoo con Alison Moyet y luego Erasure con Andy Bell. Podría haber sido el final. No lo fue. Gore asumió la escritura de las canciones y tiró el grupo hacia un territorio más oscuro, más personal, más incómodo. En 1982 se incorporó Alan Wilder, multi-instrumentista y arreglista, que completó la formación que durante trece años construiría una de las discografías más coherentes del pop electrónico. Construction Time Again (1983), Some Great Reward (1984), Black Celebration (1986), Music for the Masses (1987): cuatro discos en cuatro años, cada uno más oscuro que el anterior, cada uno con más gente escuchando.
El punto de inflexión llegó el 18 de junio de 1988, cuando llenaron el Pasadena Rose Bowl de Los Ángeles ante más de 60.000 personas. Una banda de sintetizadores de una ciudad nueva del Essex llenando un estadio americano. El documental que Anton Corbijn rodó de aquella gira, 101, lo dejó todo registrado: la histeria, el tamaño, la sensación de que algo había cambiado sin que nadie supiera muy bien cuándo. Gore escribía canciones sobre culpa, deseo y religión. Gahan las cantaba como si le fueran la vida. La combinación era incómoda y perfecta al mismo tiempo. Violator (1990) fue el disco que lo confirmó todo: número dos en el Reino Unido, número siete en Estados Unidos, con «Enjoy the Silence» y «Personal Jesus» como himnos que no necesitaban explicación.
Los noventa llegaron con todo el peso de lo que había costado llegar tan lejos. Gahan cayó en una adicción a la heroína que casi le mata —sobredosis en un hotel de Los Ángeles en mayo de 1996, clínica, recuperación—. Gore tenía sus propios demonios. Wilder abandonó en 1995, agotado. Muchos dieron el grupo por muerto. Pero Ultra (1997) apareció como si nada, grabado en los peores momentos, y fue número uno en ocho países. Siguieron Exciter (2001), Playing the Angel (2005) y Delta Machine (2013). En 2020 fueron incluidos en el Rock and Roll Hall of Fame. En mayo de 2022, Andy Fletcher murió a los 60 años, de forma repentina, sin aviso. El fundador que según él mismo había entrado en la banda «por accidente» porque tenía un bajo. Gore y Gahan decidieron continuar. Memento Mori (2023), el primer disco sin Fletcher, debutó al número uno en veintitrés países. Depeche Mode llevan más de cuatro décadas demostrando que la oscuridad, bien manejada, dura más que cualquier otra cosa.
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