Child Come Away: la canción sin álbum que encontré en una revista del cuarto de mi primo
Relato Semibiográfico
El Record Mirror de aquel octubre de 1982 lo encontré en el cuarto de mi primo Javier, entre un montón de revistas que ya nadie leía y un cenicero que él usaba para fumar cuando mis padres no estaban. La portada era ella: Kim Wilde, con esa melena rubia que le caía sobre un ojo y una mirada que parecía decir «no me tomes el pelo» sin necesidad de abrir la boca.
Yo tenía doce años y, hasta aquel momento, para mí Kim Wilde era solo la chica de "Kids in America", esa canción que sonaba en la radio cada dos por tres y que mi hermana María cantaba en la ducha con una dicción que convertía el estribillo en algo parecido a un conjuro vudú. Pero aquella revista, abierta por la página del reportaje, me contaba una historia distinta.
Record Mirror, 9 de octubre de 1982. «Milde Thing».
El periodista, que firmaba con el nombre de Sunie, había viajado a Londres para entrevistarla en las oficinas de RAK Records, el sanctasanctórum de Mickie Most, el productor que había descubierto a los Animals y a Herman's Hermits. Y lo que contaba no era la típica historia de la estrella que agradece a su sello y sonríe para las fotos. Era otra cosa. Era la historia de una chica que no encajaba del todo con la imagen que le habían fabricado.
Para entonces Kim llevaba un año largo encadenando singles. En abril había publicado «View from a Bridge», el segundo corte de su álbum Select, que llegó al número 16 en el Reino Unido y arrasó en Alemania, Suiza y Suecia. Era una canción oscura para lo que se esperaba de ella: la historia de una chica que descubre a su pareja con otra y se lanza desde un puente. Synth-pop con argumento de tragedia griega, producido con la misma precisión quirúrgica de siempre por su hermano Ricky. Y justo cuando salió la entrevista, acababa de publicar «Child Come Away» —el 4 de octubre, cinco días antes que el número de Record Mirror—, un single que no pertenecía a ningún álbum, que trataba sobre una niña misteriosa encontrada de noche en la playa, y que llevaba la firma de Anton Corbijn en las fotos de la portada. Demasiado raro para las listas, pero demasiado bueno para olvidarlo.
Mientras leía, en la radio de la cocina sonaba algo que no reconocía al principio. Unos segundos después, caí en la cuenta: era «Child Come Away», la canción que acababa de salir, pero que aquella tarde, con la revista abierta sobre mis rodillas, sonaba distinta. Como si de repente, después de leer la entrevista, entendiera algo que antes no entendía: que la chica que cantaba aquello no era una muñeca de fábrica, sino alguien que había fregado suelos y trabajado en un invernadero.
Kim Wilde. «Child Come Away». 1982.
La letra de aquella canción, que antes me parecía simplemente extraña, de repente tenía otro peso. Una niña con una marca en la cara, encontrada de noche en la playa, a la que alguien llama para que se acerque. Nadie sabía muy bien de qué iba. Pero con la entrevista recién leída, y la voz de Kim sonando en la cocina, aquello tenía una lógica propia: una chica que no encaja, cantando sobre alguien que tampoco encaja. No era una canción de éxito. Era algo más incómodo que eso.
El periodista la describía como alguien real, distinta a los productos de marketing que poblaban las listas de éxitos. Contaba que Kim se había ganado la vida limpiando casas, trabajando en un invernadero y haciendo de canguro, que su padre era un cantante célebre de los años 50 y 60 pero que ella no vivía de eso, sino de su propio trabajo. «¡He hecho las tareas del hogar toda mi vida! Soy realmente una muy buena limpiadora», decía en la entrevista, y yo, sentado en el suelo del cuarto de mi primo, con la radio sonando bajito, pensé que eso era algo que no esperaba leer de una estrella del pop.
Kim Wilde había nacido en Chiswick, Londres, en 1960. Su padre, Marty, había sido un ídolo del rock and roll británico en los años 50 y 60, pero ella no se apoyaba en su apellido. Su hermano Ricky era el compositor y productor de sus discos, aunque su padre también co-escribía las canciones. Ella insistía en que su aportación iba más allá de la interpretación. «En lo que a mí respecta, estoy muy involucrada en la creación del disco, aunque supongo que el público no lo vería así», decía. Y luego, sin querer sonar a feminista ni a nada parecido, soltaba una frase que se me quedó clavada: «Odio la sexualidad de 'enseña la pierna' y la de 'sonríe bonito'. Por eso no sonrío con gracia para la cámara».
Días después, cuando mi primo Javier se dio cuenta de que la revista ya no estaba en su cuarto, me preguntó si la había visto. Le dije que no. No sé si me creyó. Supongo que sí, porque nunca volvió a mencionarlo.
Pasaron los años. Kim Wilde siguió su carrera, a su manera, sin dejarse llevar del todo por la maquinaria del pop.
Yo me quedo con aquella tarde: doce años, el suelo frío, una entrevista que me enseñó que las estrellas también friegan suelos. Y una canción rara, sin álbum, que sonaba en la cocina como si supiera que alguien la estaba escuchando por primera vez de verdad.
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