La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0049

Debajo del puente: la canción del Madrid que no salía en los folletos

Relato Semibiográfico

Había un Madrid de noche que no era el de la movida.

No el de los bares con luces de colores y la gente guapa y las camisetas de rayas. Ese lo conocía. Era el otro. El de las calles que huelen a río cuando todavía hace calor a las dos de la mañana. El de los tipos que caminan solos sin ir a ningún sitio concreto. El de los puentes sobre el Manzanares con esa luz amarilla que no sirve de nada.

Nadie hablaba de ese Madrid. O si lo hacían, yo no lo escuchaba.

Yo lo vi una vez, con catorce años, volviendo a casa desde casa de un amigo. No debería haber ido solo. No debería haber vuelto andando. Pero lo hice, porque a los catorce años hay decisiones que se toman sin pensarlas demasiado y luego se quedan contigo mucho tiempo.

Debajo de un puente había tres o cuatro personas. Con bultos. Con mantas dobladas de cualquier manera. Uno me miró. Yo aparté los ojos enseguida y seguí caminando más deprisa de lo que debería, porque si andas muy deprisa se nota que tienes miedo y yo no quería que se notara aunque lo tuviera un poco.

No lo conté en casa.

No sé por qué. No había pasado nada. Nadie me había dicho nada, nadie me había seguido. Solo un hombre con una manta que me había mirado un segundo y yo había apartado los ojos. Pero algo en eso me había removido por dentro de una manera que no sabía explicar. Como cuando ves algo que no encaja con la imagen que tienes de un sitio que creías conocer bien.

Madrid de día era una cosa. Madrid de noche, caminando solo, era otra.

Unas semanas después, una noche que no podía dormir, dejé la radio encendida bajito. Mis padres dormían. La casa estaba en silencio de ese silencio espeso que solo tienen las casas de madrugada. Y entonces empezó algo que no reconocí al principio.

Ariel Rot.
«Debajo del puente».
1984.

Le conocía de Tequila. Todo el mundo le conocía de Tequila. Salta, salta, salta. Eso era para las fiestas, para cantar a gritos con los amigos, para el rock de estadio que ponían en todas partes. Aquello no se parecía a esto en nada.

La guitarra entraba sola y densa. Como si alguien hubiera abierto una puerta a un sitio oscuro. Y la voz tampoco era la misma voz de antes. Hablaba bajito. Como quien cuenta algo que no contaría de día, o que solo se puede contar de noche, cuando la gente que te conoce está dormida y no puede juzgarte.

La letra decía que debajo del puente las reglas eran distintas. Que el hombre más rico se convertía en mendigo. Que nadie era inocente. Que el tiempo era diferente allí.

Me acordé del tipo que me había mirado.

Y de que yo había apartado los ojos.

Supe después, muchos años después, que Rot grabó ese disco en Londres, prácticamente solo, con músicos que no le conocían de nada. Había dejado Tequila y estaba en uno de esos momentos en que una persona se pelea consigo misma y no siempre va ganando. Encerrado, aislado, dándole vueltas a cosas que la música dejaba ver entre líneas sin nombrarlas del todo.

El disco no lo escuchó casi nadie. Lo lanzaron, salieron tres singles, y nada. Demasiado raro, demasiado oscuro para los que querían que Ariel Rot siguiera siendo el de los estadios y las canciones para cantar a voces. La gente quería que saltara y él estaba escribiendo canciones sobre lo que hay debajo de los puentes. No había manera de que eso funcionara.

Pero aquella noche, con la radio bajita y la casa en silencio y yo sin poder dormir con catorce años sin saber muy bien por qué, sí funcionó.

Algo encajó. No sé bien explicar qué. La canción y el recuerdo de aquella noche eran la misma cosa de repente. El puente. La luz amarilla que no iluminaba nada bien. El olor a río. El tipo con la manta que me había mirado un segundo.

Y yo, que había seguido andando más deprisa sin mirarle.

Eso también.

Todavía hoy, cuando cruzo un puente de noche, bajo un poco los ojos sin querer. No busco nada. No espero ver nada en concreto. Es solo un gesto que se me quedó, como se quedan ciertas cosas sin que tú les des permiso para quedarse.

No lo pienso. Lo hago y punto.

Como si la canción me hubiera enseñado a mirar un sitio al que antes no miraba.

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