La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0048

S.I. (Santa Inquisición): la canción del cassette de la mili de mi primo

Relato Semibiográfico

Mi primo Enrique tenía veinte años cuando le llamaron a filas. En casa nadie hablaba de la mili como de una tragedia, pero tampoco como de una fiesta. Era algo que había que hacer, como la declaración de la renta o ir al dentista, solo que con fusiles de fogueo y noches de guardia en invierno.

Cumplió los nueve meses y volvió más callado. No más triste, eso no. Más callado. Y con una caja de zapatos llena de cassettes que había grabado en el cuartel. Algunos tenían el nombre del grupo escrito con letra de militar —mayúsculas cuadradas, sin adornos—. Otros solo tenían una fecha y un número. Los dejaba encima de la mesa del comedor, y los primos pequeños los olisqueábamos como quien hurga en un armario prohibido. La caja de zapatos olía a tabaco y a ese plástico caliente de los cassettes vírgenes, como si hubiera estado guardada demasiado tiempo encima de una estufa.

Uno de esos cassettes era de un grupo llamado WAQ.

Enrique lo puso un sábado por la tarde, en el salón de mis abuelos. Mis padres estaban en la cocina peleándose por el reparto de la herencia de un tío lejano. Mi hermana pequeña —once años entonces— había invitado a una amiga y estaban en su cuarto grabándose en un walkman. Así que solo estábamos él y yo, y la tele apagada, y el ruido de la nevera que hacía tictac como si estuviera contando los minutos que faltaban para la cena.

WAQ. «S.I. (Santa Inquisición)». 1983.

Lo que sonó no era bonito. No quería ser bonito. Era una caja de ritmos que sonaba a mecanismo de relojería oxidado, un bajo que parecía avanzar a trompicones y una voz que no cantaba: informaba. Decía algo sobre la inquisición, pero no la inquisición de los libros de texto —esa con capuchones y hogueras—, sino una inquisición más pequeña, más doméstica. La de los que te miran raro porque no haces lo que ellos esperan.

Enrique se quedó mirando el cassette mientras sonaba. No dijo nada. Solo movía la cabeza muy ligeramente, como si llevara dentro un metrónomo que nadie más podía oír.

—Esto lo ponía un cabo —dijo al final—. Era de los que te levantan a las seis para hacer flexiones, pero luego te prestaba el walkman. Decía que esto era el futuro.

El futuro de 1983 sonaba así: sintetizadores baratos, letras cortadas, una producción que parecía grabada en un cuarto de baño. No era el futuro que prometían los tebeos de ciencia ficción. Era un futuro más pequeño, más gris, más de pisos alquilados en Madrid.

WAQ los habían montado Miguel Ramos Bañuelos y Antonio González Martín en el verano de 1981, cuando nadie sabía muy bien qué hacer con los sintetizadores si no eras de Londres o de Düsseldorf. Pronto se les unió el guitarrista Guillermo Caso, y los tres grabaron el maxi Mira por donde en 1983, en los pocos días de permiso que les dejaba el servicio militar. La mili ya les había estado complicando la vida desde el año anterior; grabar entre guardias y destinos era la norma, no la excepción. El maxi salió en verano bajo el sello MR-Ariola, con cuatro canciones: S.I. (Santa Inquisición), Nudo en la garganta, Triturado y Lazybones atravesando el océano. Poco después, Antonio González dejó el grupo. Pero WAQ no se disolvió: siguió adelante, con cambios de formación, conciertos por salas de Madrid y nuevas grabaciones hasta finales de los ochenta.

La canción me pareció incómoda. No fea, incómoda. Como un jersey de lana que te pones porque hace frío pero te pica. Y sin embargo no pude dejar de escucharla. La puse dos veces seguidas. Enrique no protestó. Al final saqué la cinta del radiocasete, la giré entre mis dedos, y le pregunté si me la dejaba.

—Quédate con ella —dijo—. Ya tengo otra.

Me la guardé en el bolsillo de la cazadora. Llegué a casa, la metí en mi walkman —uno azul, de segunda mano, que siempre se comía las cintas si no le dabas un golpecito— y la escuché tumbado en la cama, con la persiana bajada, mientras fuera anochecía.

Los vecinos encendieron la tele. Se oían las noticias. Mi madre llamó para cenar. La canción terminó, y me quedé unos segundos con los cascos puestos, escuchando cómo el silencio del walkman era distinto al silencio de la habitación. Era un silencio con fondo, como si la caja de ritmos hubiera dejado una huella en el aire.

En 1999 el sello Subterfuge rescató sus grabaciones en un CD dentro de la serie Canciones desde la tumba. Poca gente lo sabe. El nombre WAQ, por cierto, no significa nada: lo inventaron ellos, sin más.

Hace unas semanas encontré S.I. en YouTube, colgada por alguien que seguramente también tuvo un primo con una cinta rara. El audio estaba distorsionado, como si lo hubieran subido desde un casete que había pasado demasiados veranos en un coche. Pero la caja de ritmos seguía ahí. El bajo seguía tropezando.

La escuché entera. Y luego apagué el ordenador. No necesitaba volver a oírla. Ya la tenía dentro, con aquella tarde de 1985, el salón vacío, la nevera haciendo tictac, y mi primo Enrique diciendo que aquello era el futuro.

No lo era. Pero durante cuatro minutos, lo pareció.

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