Kim Wilde
Chiswick, oeste de Londres, 18 de noviembre de 1960. Kim Smith creció en una casa donde la música era casi una obligación biológica. Su padre, Marty Wilde, había sido uno de los primeros ídolos del rock and roll británico, con éxitos en los años 50 y 60 como «Endless Sleep» o «Sea of Love». Su madre, Joyce Baker, había formado parte de las Vernons Girls, un grupo vocal femenino que animaba programas de televisión. Con nueve años, la familia se mudó a Hertfordshire, lejos de Londres, y Kim creció entre campos y suburbios tranquilos sin saber muy bien qué quería hacer. Se interesó por el arte —llegó a completar un curso de fundamentos en el St Albans College of Art & Design en 1980— y en sus ratos libres hacía coros para su hermano Ricky, que empezaba a escribir canciones con su padre. Nadie había planeado que aquello fuera a convertirse en una carrera.
Pero Mickie Most —el hombre que había descubierto a los Animals y a Herman's Hermits, el que llevaba veinte años con la oreja pegada al suelo— la escuchó cantar en una sesión de grabación de Ricky y decidió que tenía que ficharla para su sello, RAK Records. En enero de 1981, sin apenas haber pisado un escenario, Kim Wilde lanzó su primer single: «Kids in America», escrita por su padre y su hermano. La canción llegó al número 2 en el Reino Unido y fue Top 5 en Alemania, Francia y Australia. Era un debut tan limpio y tan fulminante que la prensa no supo muy bien cómo manejarlo: la comparaban con Debbie Harry, le preguntaban si era un producto de su familia, si ella misma escribía algo. Kim respondía que sí, que fregaba suelos y hacía de canguro para pagarse los veranos, que no tenía ninguna prisa por ir a América. La imagen de estrella fabricada y la realidad no tenían nada que ver.
Los años siguientes fueron los de una presencia constante en las listas europeas. «Chequered Love» (1981), «Cambodia» (1981) —número uno en Francia—, «View from a Bridge» (1982) con su historia oscura de traición y desesperación, el extraño single sin álbum «Child Come Away» (1982). Cada disco era un paso hacia un sonido más propio, más alejado del new wave inicial. La crítica la miraba con más respeto del que ella misma pedía. En 1983 ganó el Brit Award a la Mejor Artista Femenina Británica, un reconocimiento que llegó antes de que ella hubiera tocado en directo en su propio país —sus primeros conciertos habían sido en Dinamarca en septiembre de 1982. Acabó siendo la artista femenina solista con más singles en el Top 40 británico de toda la década: diecisiete.
El punto de inflexión llegó en 1986, cuando ella y Ricky decidieron versionar «You Keep Me Hangin' On» de las Supremes casi sin conocer bien la canción original, tratándola como si fuera material nuevo. La transformaron en un temazo de hi-NRG sintético y afilado que llegó al número 2 en el Reino Unido, al número 1 en Australia, Canadá y Noruega, y en junio de 1987 alcanzó el número 1 en el Billboard Hot 100 de Estados Unidos durante una semana. Fue la quinta artista solista británica en llegar a lo más alto de las listas americanas, después de Petula Clark, Lulu, Sheena Easton y Bonnie Tyler. El éxito la catapultó a la gira más grande que haría en su vida: en 1988 fue telonera de Michael Jackson en la gira europea del Bad Tour, 33 fechas desde Roma hasta Liverpool, casi dos millones de espectadores. Kim dijo después que aquella experiencia le hizo pensar, por primera vez, en salir de la música. Demasiado grande. Demasiado lejos de ella misma.
En los años noventa se casó con el actor Hal Fowler, tuvo dos hijos y empezó a estudiar jardinería paisajista casi como terapia. Lo que empezó como una distracción se convirtió en una segunda carrera: en 2005 ganó una medalla de oro en el Chelsea Flower Show de la Royal Horticultural Society por su jardín Cumbrian Fellside Garden, diseñado junto al paisajista Richard Lucas, además del premio a mejor jardín de su categoría. Kim lo describió entonces como «tan emocionante como cualquier disco número uno». No era una exageración. Volvió a los escenarios a principios de los 2000, siguió grabando —en 2025 publicó su decimoquinto álbum de estudio, Closer— y lleva más de cuatro décadas demostrando que ser una artista de los 80 no tiene por qué ser una condena ni una nostalgia. Puede ser, simplemente, seguir haciendo lo que te sale.
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