La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0062

Viaje por países pequeños: la canción de la noche que España se quedó sin televisión

Relato Semibiográfico

Aquella noche del 13 de diciembre, mi vecino Ramón llamó a la puerta justo cuando empezaba el telediario.

Vivía solo, en el piso de enfrente, y de vez en cuando se pasaba por casa a pedir sal, o un destornillador, o simplemente compañía, con cualquier excusa pequeña que le sirviera de pretexto. Esa noche venía con una radio a pilas bajo el brazo, una de esas grises con la rejilla del altavoz un poco abollada, y dijo que mejor la dejaba con nosotros, por si acaso.

—¿Por si acaso qué? —le preguntó mi madre, sin levantar mucho la vista de la plancha.

—Mañana es la huelga. Dicen que va a ser gorda.

Yo tenía dieciocho años y aquella conversación me sonaba a las mil que se habían tenido ya en el barrio esa semana: que si la reforma laboral, que si los contratos basura, que si los sindicatos esta vez iban en serio. Ramón dejó la radio sobre el aparador, encendida y muy bajita, y se sentó en el sofá sin que nadie se lo pidiera, como llevaba haciendo desde que se quedó viudo el año anterior.

De fondo, entre la plancha de mi madre y el telediario, sonó algo raro que venía de la radio de Ramón.

Poch.
«Viaje por países pequeños».
1988.

Una voz rota, casi hablada, sobre una música que iba y venía sin avisar, con momentos casi de cabaret y otros que parecían a punto de desmoronarse del todo. No se parecía a nada que yo hubiera escuchado en la radio del coche de mi padre. Ramón sonrió un poco, sin venir a cuento, y dijo que ese tío le caía bien, que era de Madrid, que había hecho cosas muy raras hacía unos años con un grupo de nombre imposible.

Le pregunté cuál.

—Derribos Arias —dijo, como si el nombre le hiciera gracia incluso después de tantos años—. Estaba zumbado, el pobre. Pero zumbado de los buenos.

No supe muy bien qué quería decir con eso, ni le pregunté más. La canción de la radio seguía sonando, rara, casi tropezándose con sus propias notas, mientras en la tele el presentador hablaba con su tono habitual de cosas que parecían no tener nada que ver con nosotros: contratos, plan de empleo, sindicatos.

Poch había sido el alma de aquel grupo, Derribos Arias, una de las bandas más extrañas y queridas de la Movida madrileña, famosa por su humor disparatado y sus letras que no se parecían a las de nadie más. El grupo se había separado unos años antes, pero él seguía sacando discos por su cuenta, cada vez más solo, cada vez con menos gente prestándole atención fuera de un círculo muy concreto de quien lo había seguido desde el principio. Por entonces ya llevaba tiempo enfermo, algo que le complicaba el cuerpo y la cabeza poco a poco, aunque esa noche, en la radio de Ramón, su voz sonaba tan viva como cualquier otra.

A las doce en punto, en mitad de una frase del presentador, la imagen de la tele se quedó muda de golpe. Luego, un fundido a negro. Y después, la carta de ajuste, ese dibujo geométrico con el que se cerraban las emisiones, quieto y silencioso en la pantalla, como si la propia televisión hubiera decidido irse a la cama sin avisar.

Mi madre dejó la plancha en vertical, sorprendida. Ramón se rió, una risa corta, casi de aprobación, y subió un poco el volumen de su radio, que ahora era lo único que sonaba en el salón. España entera, según contarían al día siguiente, se había quedado sin televisión esa misma medianoche, como aviso de que algo gordo iba a pasar al día siguiente.

Nos quedamos los tres mirando la carta de ajuste un buen rato, sin decir nada, con la radio de Ramón sonando de fondo, ya con otra canción que no recuerdo.

Al día siguiente, claro, hubo huelga. Una de las gordas, de las que paran un país entero. Ramón se vino otra vez a casa por la tarde, esta vez sin radio ni excusa, solo a comentar lo de la noche anterior con mi madre, que estuvo de acuerdo en que aquello había sido "como ver morirse a alguien en directo", refiriéndose a la tele, claro, no a otra cosa.

Se mudó del rellano un par de años después, a un piso más pequeño, más cerca de donde vivía su hija. No volvimos a hablar de aquel disco, ni de aquel grupo de nombre imposible, ni de aquella noche en la que todo —la huelga, la radio, la tele apagándose— pareció pasar al mismo tiempo, sin que nadie se pusiera de acuerdo en qué era lo importante.

Sigo sin saber, hasta hoy, qué fue de aquella radio gris de la rejilla abollada.

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