Books on the Bonfire: la canción del olor a papel quemado
Relato Semibiográfico
En el instituto tenían una hoguera cada final de curso. No era una tradición oficial. Era algo que hacían los del último curso, los que se iban, los que ya no volverían. Arrasaban con todo.
Cuadernos viejos. Exámenes suspensos. Apuntes que nadie iba a leer nunca. Libros de texto con las esquinas rotas y el lomo roto de tanto abrirlos. Todo ardía en un descampado detrás del polideportivo, con olor a humo, a papel quemado, a fin de algo que no sabías muy bien qué era.
Yo me quedaba al margen, mirando. No participaba. No porque no quisiera. Porque sentía que si tiraba algo a la hoguera, se quemaba también un poco de mí. Y eso daba miedo. O daba pena. O las dos cosas.
Alguien, no sé quién, llevó un radiocasete. De esos grandes, plateados, con altavoces que se desenchufaban. Lo apoyó en una piedra. Le dio al play. Y sonó esto.
The Bolshoi.
«Books on the Bonfire».
1986.
La guitarra sonaba como una alarma lejana. La batería marcaba un ritmo seco, militar. Y la voz del cantante, grave, casi susurrada, como si estuviera contando algo que nadie quería oír pero él necesitaba decir.
«Books on the bonfire. Burning, burning.»
No sabía qué decía la letra entera. Pero esa frase, esa imagen, los libros ardiendo en la hoguera, se me clavó dentro. No como crítica. Como recuerdo. Porque yo había visto arder libros. Muchas veces. En aquellas hogueras de final de curso. En el fuego que encendían los que se iban, los que dejaban atrás algo que nunca volverían a tener.
The Bolshoi venían de Inglaterra. De Wiltshire. Se formaron en 1984, justo antes de esta canción. Su cantante, Trevor Tanner, escribía letras raras, oscuras, que parecían salidas de un sueño del que no quieres despertar. «Books on the Bonfire» era una de esas.
La hoguera crepitaba. Los libros ardían. La gente gritaba, se reía, se abrazaba. El olor a humo se pegaba a la ropa, al pelo, a las manos.
Y la canción sonaba como si supiera exactamente lo que estaba pasando.
Cuando terminó, alguien cambió la cinta. Puso otra cosa. Algo más alegre. Algo para bailar. Algo para olvidar que aquello también era una despedida.
Pero yo no pude olvidarlo.
«Books on the Bonfire» se quedó conmigo.
Como el olor a humo que no se va ni con tres duchas.
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