La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0024

Dame Calor: la canción de la distancia en la misma habitación

Semen-Up 1987

Relato Semibiográfico

Las discusiones en casa, en los 80, tenían un olor muy concreto.

Olían a tabaco apagándose lento en un cenicero de cristal. A lluvia pegando contra la ventana.
A ese silencio raro que queda después de un portazo… cuando nadie quiere seguir hablando pero tampoco sabe cómo arreglarlo.

Mis padres no discutían mucho. O quizá sí, pero intentaban hacerlo cuando yo no estaba delante.
Aun así, se notaba.

Se notaba en cómo se pasaban la sal sin mirarse. En el ruido de los cubiertos chocando más fuerte de lo normal.
En la televisión demasiado alta, como si el presentador pudiera llenar todo lo que se estaba quedando vacío en la mesa.

Y siempre estaba la radio.

Mi madre la encendía nada más llegar a casa. Sonaba mientras cocinaba, mientras tendía ropa, mientras fregaba los platos. Era una de esas emisoras de FM donde sonaban canciones suaves, pop melódico, sintetizadores… música que parecía hecha para acompañar la vida sin molestar demasiado.

Y entre todas aquellas canciones, aparecía esta.

Semen-Up.
“Dame Calor”.
1987.

Escuchada hoy, la canción seguramente habla más de cercanía, de deseo, de necesitar a alguien cerca. Tiene ese tono ambiguo y nocturno de muchos temas de los 80: canciones aparentemente ligeras que, si las escuchabas con calma, dejaban un poso un poco triste.

Pero claro… las canciones nunca significan solo lo que dicen.

A veces significan el momento en que las escuchaste.

Semen-Up venían de Vigo, de aquella escena gallega que iba un poco por libre, lejos del escaparate madrileño de la Movida. Sus canciones sonaban mucho en radios locales, en programas nocturnos, en cintas grabadas directamente de la radio porque comprar discos no era algo que todo el mundo pudiera hacer tan fácil.

Yo recuerdo esta canción en el salón de casa.

Los deberes abiertos sobre la mesa. El flexo encendido. Mi padre callado. Mi madre moviéndose por la cocina. Y esa frase sonando de fondo:

“Dame calor”.

Y aunque seguramente la canción no hablara de familias ni de matrimonios cansados… yo la sentía ahí. Como si estuviera diciendo en voz alta algo que en casa nadie terminaba de decir.

Porque cuando eres niño no entiendes del todo las discusiones. Pero sí entiendes el frío.

Ese frío raro que aparece cuando dos personas dejan de hablarse bien.

Luego, como casi siempre, mis padres hacían las paces.

La televisión volvía a un volumen normal. Mi madre recogía los platos. Mi padre encendía otro cigarro. Y la vida seguía.

Pero la canción se quedaba flotando un rato más.

Ahora la escucho y ya no pienso exactamente en las discusiones. Pienso en cómo la música acaba guardándose dentro de momentos muy concretos de la vida. Y cómo una canción que quizá hablaba de otra cosa termina convirtiéndose, para ti, en la banda sonora de una cena, de una casa en silencio, de un niño deseando que sus padres se quisieran un poco mejor.

Porque al final, muchas veces, no recordamos las canciones por lo que decían.

Las recordamos por lo que estaba pasando mientras sonaban.

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