You Made Me Realise: la canción de la noche que el salón de actos sonó distinto
Relato Semibiográfico
Aquella tarde habían encerado el suelo del salón de actos dos veces, y se notaba en los zapatos de todo el mundo: chirriaban un poco al andar, como si el instituto entero se hubiera puesto a patinar sin querer.
Era la fiesta de fin de curso, la última antes de los exámenes de verano, y a mí me habían tocado las sillas: apilarlas contra la pared para dejar sitio al baile. Tenía dieciocho años y las manos manchadas de ese polvo gris que dejan las patas metálicas cuando llevan un año entero sin moverse del aula de física.
Mi primo Álex se había colado en la fiesta sin invitación —no era del instituto, pero conocía a la mitad de la gente de allí, no sé bien por qué— y se había hecho con el control del equipo de música de la sala, un altavoz grande con dos pletinas que normalmente usaban para los discursos del director. Llevaba toda la noche poniendo cintas suyas entre canción oficial y canción oficial, cuando el profesor encargado se despistaba mirando el ponche.
Y en una de esas, sin avisar a nadie, puso algo que no tenía nada que ver con lo demás.
My Bloody Valentine.
«You Made Me Realise».
1988.
Sonó como si alguien hubiera roto un cristal muy grande detrás del altavoz. Un bajo espeso, casi sucio, y una guitarra que no tocaba notas sino que las amontonaba unas encima de otras hasta que ya no se distinguían. Nadie bailaba. Nadie sabía bailar aquello. Como si alguien hubiera abierto una ventana a una tormenta en mitad de una fiesta de cumpleaños.
Me quedé con una silla a medio levantar, mirando a Álex, que tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando algo que solo él podía oír del todo. No le pregunté qué era. Sabía que si le preguntaba me daría una respuesta de las suyas, de esas que tardan media hora y no aclaran nada.
My Bloody Valentine eran irlandeses, de Dublín, aunque para entonces ya vivían más tiempo en Londres que en su país. Llevaban años dando tumbos, cambiando de sonido casi de disco en disco, hasta que un sello pequeño llamado Creation —el mismo que años después sacaría a Oasis— les dio sitio para hacer lo que quisieran. Grabaron aquella canción en unos estudios de Londres con tantas capas de guitarra superpuestas que, según contaría después su cantante, ni ellos sabían ya muy bien qué estaban tocando exactamente. En las listas de ventas británicas apenas llegó al puesto cien y pico. En España, directamente, no la conocía nadie. Ni falta que hacía.
El profesor encargado debió de notar algo raro en el ambiente, porque vino derecho hacia el equipo de música con cara de querer arreglar aquello cuanto antes. Álex levantó las manos antes de que llegara, como rindiéndose, y cambió la cinta sin decir nada. La canción se cortó a media frase, en mitad de una de esas capas de ruido que no terminaban de bajar.
Seguí apilando sillas. La fiesta volvió a sonar a lo de siempre —algo más alegre, más fácil de seguir con los pies— y la gente volvió a hablar de planes para el verano, de coches que algunos no llegarían a comprarse nunca y viajes que la mitad no haría. Yo no dije nada de la canción. No sabía ni cómo se llamaba el grupo. Solo sabía que durante dos minutos y medio el salón de actos había sonado completamente distinto, y que nadie más que Álex y yo parecía haberse dado cuenta.
Nunca le pregunté de dónde había sacado esa cinta. Nunca volvió a sonar en ninguna otra fiesta a la que fuimos juntos, y con el tiempo dejé de acordarme de preguntarlo, hasta que ya era demasiado tarde para que tuviera sentido hacerlo.
El salón de actos ya no existe, lo tiraron hace años para hacer un gimnasio nuevo. Pero el ruido de aquel cristal roto, todavía lo tengo metido en algún sitio del pecho.
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