La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0067

Secrets: la canción del grupo que pensaba que los discos se comen y el universo es una vaca

Relato Semibiográfico

Aquel octubre de 1989, una amiga y yo habíamos quedado a comer en el VIPS de la Gran Vía. Era uno de esos planes sin pretensiones de un sábado por la tarde: entrar, pedir las tortitas de rigor, hablar de todo y de nada durante un par de horas y volver a casa.

El VIPS tenía esa cualidad rara de hacer que el tiempo pasara de otra manera, como si el mundo exterior quedara un poco en suspenso mientras tú te terminabas el batido. Había familias, parejas, gente que leía el periódico sola en una esquina, camareros que conocían los pedidos de los clientes habituales sin que nadie dijera nada. Un sitio para estar sin tener que justificar demasiado por qué estabas allí.

Al salir, como siempre, pasamos por la tienda que había en la entrada. Era la parte del VIPS que más me gustaba: una mezcla de libros, discos, chucherías y revistas nacionales y extranjeras que no encontrabas fácilmente en otro sitio. Mi amiga cogió algo de una estantería. Yo me quedé mirando las revistas inglesas.

Y ahí estaba: un número de Smash Hits, el del 4 al 17 de octubre. En la portada aparecía Michael Hutchence, el cantante de INXS, con una cazadora marrón y ese pelo rizado que lo hacía inconfundible, mirando a cámara con la pose de alguien que sabe exactamente el efecto que produce. A los lados, en círculos pequeños, Bros, Morten Harket y alguno más. Lo cogí sin pensarlo demasiado.

Costaba más de lo que debería costar una revista, como todas las revistas extranjeras en aquella época, pero lo compré. Lo que me interesaba no estaba en la portada. Estaba dentro, en las páginas interiores, en una sección que se llamaba Bitz —la parte de humor de la revista, para quien no lo recuerde— con un artículo sobre un grupo de Coventry que aseguraba que los discos se comían, que el universo era una mota de polvo sobre una flor a punto de ser devorada por una vaca, y que el secreto de su éxito eran los «lumpy trousers», es decir, los pantalones con bultos.

Se llamaban The Primitives. Yo tenía diecinueve años y me pareció la cosa más sensata que había leído en mucho tiempo.

Smash Hits Bitz, octubre de 1989. «The Bitz guide to the currrazy world of The Primitives!!»

El artículo, escrito con esa energía de exclamaciones y signos de admiración que caracterizaba a la sección, contaba cosas esenciales sobre la banda. Que Paul, el guitarrista —cuyo apellido completo era Court, aunque en la revista no lo decían—, había estado en un grupo llamado Cease To Exist, que era «una banda de hippies maníacos, à la Charles Manson, asesino psicótico».

Que no iban por ahí cortando cabezas, puntualizaba Paul, «solo cantábamos sobre ello». Que el batería Tig Williams era un tipo tranquilo que se conformaba con trabajar por alojamiento y comida. Que TracyTracy Louise Cattell, para los que les gustaba la exactitud— había cancelado conciertos por dolores de cabeza, lo que a Paul le parecía «una excusa bastante pobre» aunque cualquier profesor de gimnasia estaría de acuerdo.

Y que Tracy tenía una bicicleta blanca, cosa que Paul reveló como si fuera un secreto de Estado, ante la consternación de la propia Tracy, que respondió con un «Oh, no, no deberías haberles contado eso».

Me la llevé a casa y la leí entera aquella tarde, sentado en mi cuarto. La sección de Bitz sobre The Primitives me hizo reír solo, cosa que no es fácil de conseguir cuando estás leyendo una revista en silencio. La guardé en la estantería sin saber muy bien por qué. Esas cosas que guardas sin un motivo claro y que luego resulta que tenían uno.

Unos días después, en la radio de la cocina, sonaba algo que no reconocí al principio. Una guitarra limpia y jangly, un ritmo vivo, una voz femenina que cantaba con una mezcla de inocencia y despreocupación que no encajaba con nada de lo que ponían normalmente. Me quedé quieto un momento.

Y entonces caí: era «Secrets», el nuevo single de The Primitives. La misma banda de los pantalones con bultos y la vaca cósmica. Fui a buscar la revista a la estantería, la abrí por la página de Bitz y me quedé mirando la foto de la banda mientras la canción seguía sonando.

Tracy sonreía sin esa pose forzada de estrella que posa para una revista. Paul parecía a punto de soltar otra frase sobre cosmología aplicada al ganado. Tig miraba a cámara con la expresión tranquila de alguien que sabe que el mundo es raro pero que eso no es necesariamente un problema.

Me acordé de Paul Court asegurando que el universo era una mota de polvo sobre una flor a punto de ser devorada por una vaca, de Tracy horrorizada porque había revelado que tenía una bicicleta blanca. Y la canción, que de haberla escuchado cualquier otro día me habría parecido simplemente buena, de repente tenía otra capa encima.

The Primitives. «Secrets». 1989.

La canción duraba dos minutos y veintinueve segundos, que es exactamente el tiempo que necesitas para decidir que un grupo te gusta sin tener que explicar por qué. Dos minutos y veintinueve segundos de guitarra que avanzaba sola, de voz que no pedía permiso, de estribillo que se instalaba en la cabeza con la misma facilidad con que un gato se instala en un sofá ajeno.

No hablaba de nada especialmente profundo. Hablaba de secretos. De cosas que se guardan. Pero con el artículo recién leído y Paul asegurando que el universo era una mota de polvo sobre una flor a punto de ser devorada por una vaca, los secretos de repente tenían otra textura. Eran más ligeros. Más absurdos. Más honestos, también, que si hubieran intentado ser importantes.

En España no los conocía casi nadie, salvo por «Crash», que había llegado al número cinco en el Reino Unido en 1988. Pero «Secrets» era otra cosa. Era más pequeña, más discreta, más de quedarte en tu cuarto un martes por la tarde escuchando la radio mientras buscas una revista en la estantería que guardaste sin saber muy bien por qué.

El universo siguió siendo una mota de polvo sobre una flor a punto de ser devorada por una vaca. Y la canción se quedó dentro, que es lo único que se le puede pedir a una canción de dos minutos y veintinueve segundos.

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