La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Memorias en Estereo / Artistas / My Bloody Valentine

My Bloody Valentine

Dublín, 1983. Una ciudad gris, lluviosa, de calles empedradas y pubs donde el humo del tabaco se mezclaba con el olor a cerveza rancia. Allí, dos chicos decidieron que el ruido también podía ser bonito. Kevin Shields y Colm Ó Cíosóig se conocieron unos años antes, en un torneo de kárate, y tras pasar por otras bandas que no llegaron a ningún sitio, en 1983 montaron algo nuevo. Probaron varios nombres cursis antes de quedarse con My Bloody Valentine, tomado de una vieja película de terror de bajo presupuesto. Sonaba a cuchillo, a sangre, a algo que no se podía controlar.

El principio fue lento. Muy lento. Hubo cambios de formación casi constantes: guitarristas y bajistas que entraban y salían, ensayos en locales tan ruidosos que los vecinos se quejaban. Con el tiempo llegaron Bilinda Butcher, con una voz frágil que parecía susurrarse en vez de cantarse, y Debbie Googe al bajo, con una mirada que no pedía permiso a nadie. Para 1987 ya tenían la alineación que pasaría a la historia. Cuatro personas haciendo ruido como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente.

En 1988 publicaron «Isn't Anything», y sonaba como nada que se hubiera escuchado antes. Guitarras que no sonaban a guitarras, sino a un muro de sonido que te envolvía sin dejarte salir, con Kevin Shields usando el brazo de trémolo de su Fender Jazzmaster como un arma, doblegando las cuerdas hasta que chillaban. No fue un éxito comercial, pero la crítica entendió que algo estaba cambiando: que el rock podía ser otra cosa, más oscura, más densa, más extraña.

Y entonces llegó «Loveless», el disco que casi se llevó por delante a su sello discográfico. Kevin Shields se obsesionó hasta límites casi enfermizos buscando un sonido que no existía todavía, uno que ni siquiera se pudiera reproducir en directo. El proceso se alargó tanto y costó tanto dinero que Alan McGee, dueño de Creation Records, llegó a estar al borde de la quiebra. Cuando salió, el 4 de noviembre de 1991, no fue un éxito de ventas, pero su influencia se extendió como una mancha de aceite que todavía no ha terminado de secarse, convirtiendo a la banda en la referencia del shoegaze.

El éxito fue, otra vez, efímero. El grupo se separó en 1997 y Kevin Shields se convirtió casi en una figura fantasma durante una década, tocando con Primal Scream y produciendo discos de otros mientras su propia música parecía congelada en el tiempo. En 2007 resucitaron, sin grandes fuegos artificiales mediáticos, y en 2013 llegó por fin «m b v», con el mismo sonido, la misma obsesión de siempre. Como si Kevin Shields hubiera estado esperando el momento exacto para volver a encender los amplificadores. Como el eco de una canción que no termina nunca.

1 expediente Presente en: Indie Rock