Vienna: la canción del televisor que nadie había apagado
Relato Semibiográfico
No recuerdo muy bien qué hora era. Las dos, quizás. Quizás las tres. Lo que sí recuerdo es el frío del suelo —las baldosas de barro cocido del salón— contra los pies descalzos, y la luz del televisor llenándolo todo de azul.
Mi padre se había dormido en el sillón y alguien —él, quizás yo, quizás nadie— había bajado el volumen casi a cero. La pantalla seguía encendida. En casa, apagar el televisor por las noches era un acto deliberado, casi solemne. Y esa noche nadie lo había hecho.
Me quedé de pie junto al sofá. Los cojines olían a tabaco frío y a ese ambientador de pino barato que mi madre ponía en el mueble bar. Afuera, la calle estaba quieta. Ni coches. Ni vecinos. Solo el zumbido suave del transformador de la tele y, a lo lejos, la tubería del cuarto de baño.
La pantalla mostraba un videoclip. Un hombre con abrigo largo. Una ciudad que no era ninguna ciudad española. Piedras viejas. Nieve o niebla, no sabría decir. Una mujer que miraba a cámara un segundo y luego dejaba de mirar.
Subí el volumen dos rayas. Solo dos.
Ultravox. «Vienna». 1981.
Los sintetizadores llegaron primero, como algo que caía muy despacio desde muy alto. Luego una voz que no pedía nada, que no suplicaba, que solo constataba. Una voz que podría estar hablando del tiempo o de una ciudad o de haberse quedado sin nada que decir.
No entendía el inglés. Bueno: entendía algunas palabras sueltas, las que se enseñaban en el colegio. «This means nothing to me.» Eso sí lo entendí. Y me pareció la cosa más extraña del mundo: una canción que decía que algo no significaba nada, dicha de una forma que lo significaba todo.
El hombre del abrigo caminaba por calles empedradas. La mujer aparecía y desaparecía. No pasaba nada, en el sentido de que no había pelea ni beso ni final. Solo ese andar por una ciudad fría que se llamaba Viena y que yo, con trece años, confundía vagamente con Berlín o con cualquier ciudad de película en blanco y negro donde la gente hablaba en susurros y llevaba sombreros.
El sintetizador subía. La batería marcaba algo solemne, casi de marcha. Y entonces la canción se abría, como cuando abres una ventana en invierno y entra el aire de golpe, y la voz volvía: «This means nothing to me.»
No sé cuánto tiempo estuve allí de pie, en calcetines, con el mando de la tele en la mano. Mi padre roncaba suavemente en el sillón. El piloto rojo del radiocasete parpadeaba desde la estantería, aunque no había ninguna cinta puesta.
Ultravox era un grupo británico que llevaba varios años funcionando, pero «Vienna» fue su gran momento: el disco, el single, la canción que les puso en el mapa. Años más tarde supe que había llegado al número dos en las listas del Reino Unido. Solo al dos. Cuatro semanas seguidas sin poder llegar al uno. La primera la bloqueó «Woman», de John Lennon —Lennon llevaba muerto desde diciembre—. Las tres siguientes la bloqueó «Shaddap You Face», de Joe Dolce. Una canción cómica. Un chiste con acento italiano. Viena frente a un muerto y un chiste. Y los dos ganaron.
También supe, mucho después, que el cantante que aparecía en el videoclip —ese hombre del abrigo, esa voz sin emoción aparente— se llamaba Midge Ure, y que había llegado al grupo en 1979 para sustituir a John Foxx, que se había marchado a hacer carrera en solitario. Sin Midge Ure no había «Vienna». Sin «Vienna» no había ese salón a las tres de la mañana, esas baldosas frías, ese volumen bajísimo para no despertar a nadie.
Mi padre se removió en el sillón. Murmuró algo. No abrió los ojos.
Apagué el televisor.
Soy aquel chico de trece años otra vez. El que se quedaba despierto cuando no debía, el que subía el volumen dos rayas y no más, el que no entendía las letras pero entendía que algo en esa voz fría hablaba de una soledad que todavía no tenía nombre.
Las baldosas frías. El piloto rojo. Mi padre dormido.
Y una ciudad que no significaba nada.
Notas del Público
No hay notas aún. Haz clic en "Ver notas" para ser el primero.