Huesos: la canción de la chica que no quería comer
Relato Semibiográfico
Los domingos, mi abuela ponía la mesa con el mantel de cuadros. El mismo que usaba para las ocasiones especiales, aunque las ocasiones especiales ya no existieran. La sopera en el centro, el pan en una cesta de mimbre y el vino tinto en la botella de vidrio que nadie acababa nunca. El olor a carne guisada flotaba en el comedor como un fantasma que se negara a marcharse. Yo tenía diecisiete años y las rodillas pegajosas por el calor de la calefacción.
En la radio de la cocina sonaba música, bajita, casi como un rumor. Un presentador anunció algo que no entendí. Luego, una canción. Los Burros. «Huesos». 1987. La guitarra sonaba limpia, la voz de Manolo García cantaba despacio, con una tristeza que no sabías muy bien de dónde venía. «Tú eres sólo huesos unidos por muy poca piel, delgada como el viento, suave como un alfiler...»
Mi prima Ana estaba sentada enfrente. Tendría la misma edad que yo, o quizá uno menos. El pelo castaño, las manos huesudas sobre el mantel, los dedos jugando con el borde de un plato que no había tocado. El tenedor giraba la comida, la empujaba de un lado a otro, la aplastaba contra la porcelana blanca, pero nunca llegaba a sus labios.
—¿No tienes hambre? —preguntó mi madre, con esa voz que no esperaba respuesta.
—Sí —dijo Ana—. Un poco.
—Come algo. Llevas toda la tarde sin probar bocado.
—Ahora mismo.
Nadie dijo nada más. Mi abuela sirvió más vino. Mi padre empezó a hablar de un vecino que había tenido un accidente con la furgoneta. Mi tía Rosa, la madre de Ana, miraba el plato de su hija con una mezcla de desesperación y cansancio. Era una mirada que yo había visto otras veces, pero nunca supe descifrar. Quizá por eso me quedé callado. Porque a los diecisiete años uno cree que el silencio es una forma de no equivocarse.
La canción seguía. «Porque eres huesos, huesos...» Yo la escuchaba de verdad. Las palabras se me clavaban como agujas. Miraba las manos de Ana, sus dedos largos y pálidos, las venas azules que se marcaban bajo la piel. Pensé en la palabra «huesos». En esa palabra que la canción repetía una y otra vez.
—¿Te gusta la canción? —le pregunté, en voz baja.
—¿Qué? —levantó la vista. Sus ojos eran grandes, oscuros. Tenía ojeras.
—La que están poniendo en la radio. «Huesos».
—No la había escuchado. —Se encogió de hombros. El tenedor volvió a juguetear con la carne.
—Yo tampoco. Pero me gusta.
No supe qué más decir. El silencio se hizo más espeso. Alguien, no recuerdo quién, habló de las notas del colegio, de los exámenes, de un profesor que suspendía a medio curso. Las conversaciones se cruzaban como moscas alrededor de la mesa. Yo no dejaba de mirar a Ana. Ella no dejaba de mover la comida.
Más tarde, cuando los mayores se fueron al salón a tomar café, nos quedamos solos en la cocina. Ella recogía los platos, los apilaba en la encimera. Yo me ofrecí a ayudarla. Me sequé las manos en un trapo de cocina y me coloqué a su lado. El olor a jabón y a fregar. El tintineo de la vajilla.
—Ana... —empecé.
—¿Qué? —No me miró.
—Que te he visto. Que no comes.
—Ya como. No tengo hambre. Eso es todo.
—No es todo. Y tú lo sabes.
Ella dejó el plato que tenía en la mano. Se giró hacia mí. Por un momento, pensé que me iba a gritar, o a llorar, o a decirme que me metiera en mis asuntos. Pero no hizo nada de eso. Solo se quedó quieta, mirándome, con una mirada vacía, como si yo fuera una farola en medio de la calle, algo que está ahí pero que no merece la pena mirar.
—Déjalo —dijo. Y volvió a los platos.
En la radio seguía sonando música. Otra canción. Otra voz. Ya no era Los Burros. Había terminado. El eco de «Huesos» se había desvanecido en el rumor de la cocina.
No volvimos a hablar de aquello. Nunca más. Ana dejó de venir a las cenas de los domingos. O venía menos. O yo dejé de fijarme. No lo sé. Pero cada vez que escucho «Huesos», todavía puedo ver aquella mesa. La sopera en el centro. El vino tinto en la botella de vidrio. El plato lleno de comida que se enfriaba. Y las manos de Ana, jugando con el tenedor, empujando la carne, aplastando las verduras, sin llevarse nada a la boca. Como si alimentarse fuera un acto de fracaso. Como si la delgadez fuera una forma de desaparecer.
Nunca supe si Ana salió de aquello. Nunca pregunté. Y eso, con los años, se ha convertido en una de esas piedras pequeñas que uno lleva en el bolsillo sin darse cuenta — no pesa mucho, pero siempre está ahí. A veces pienso que debí haber dicho algo más en aquella cocina. Algo más que «no es todo, y tú lo sabes». Algo que sirviera de verdad. Pero tenía diecisiete años y no sabía que hay momentos en los que las palabras correctas no existen — solo existe estar. Quedarte. No irte. Y yo me fui. Recogí el trapo de cocina, lo doblé mal, y me largué al salón con los mayores. Esa es la verdad. La canción lo dijo mejor que yo. Siempre lo hace.
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