Tucán: la canción del andén antes de amanecer
Relato Semibiográfico
La antigua estación de Atocha tenía un olor difícil de explicar.
Humedad. Gasóleo. Café malo de máquina. Chicles de menta pegados al suelo. Y ese frío de las estaciones en invierno que se te metía por las mangas aunque llevaras abrigo.
Cuando pienso en los viajes de estudios de los 80, pienso primero en ese olor.
Y luego en la sensación.
Esa mezcla de sueño, nervios y euforia de salir de casa sin tus padres por primera vez. Como si subirte a un tren te convirtiera automáticamente en alguien mayor, aunque siguieras llevando bocadillos envueltos en papel de aluminio en la mochila.
En diciembre del 89, mi clase se iba cuatro días a Sevilla.
Habíamos quedado en Atocha antes de amanecer. Todo el mundo tenía cara de no haber dormido nada. Los profesores intentaban aparentar control mientras nosotros ya estábamos revolucionados desde el minuto uno.
Y entonces apareció el radiocasete.
Uno enorme. Plateado. De esos que parecían pesar veinte kilos y funcionar únicamente gracias a la fe y a ocho pilas gigantes.
Lo dejaron en el suelo, entre mochilas y bolsas de viaje. Alguien pulsó play.
Y sonó esto.
Esclarecidos.
«Tucán».
1989.
Lo primero que entraba era el bajo. Luego aquel saxo elegante que tenían los Esclarecidos, tan distinto a casi todo lo que sonaba entonces. Y la voz de Cristina Lliso, tranquila pero juguetona, como si la canción no se tomara demasiado en serio y aun así escondiera algo.
«Tucán, tucán…»
La canción tenía algo raro. Ligero. Colorido. Un poco absurdo incluso. Y precisamente por eso funcionaba tan bien a esa hora de la mañana, en medio de un grupo de adolescentes muertos de frío y convencidos de que el viaje iba a cambiarles la vida.
Una chica de clase empezó a cantarla.
Luego otro.
Y al final medio andén estaba tarareando el estribillo sin sabérselo del todo.
Recuerdo mirar alrededor y pensar, por primera vez, que había momentos que parecían sacados de una película. Pequeños momentos. Tontos incluso. Pero perfectos.
Durante unos minutos desapareció el frío.
Desapareció el sueño.
Hasta los profesores dejaron de decirnos que bajáramos el volumen.
Esclarecidos siempre fueron un grupo un poco aparte. Más elegantes. Más delicados. Menos estridentes que otros grupos de la época. Tenían algo sofisticado y cercano a la vez, una cosa difícil de explicar ahora.
Y quizá por eso «Tucán» sigue funcionando tantos años después.
No porque escondiera una gran lección secreta.
Sino porque a veces las canciones más aparentemente pequeñas son las que mejor se quedan pegadas a un momento concreto de tu vida.
Han pasado más de treinta años y todavía puedo volver a aquel andén en cuanto escucho los primeros segundos.
La mochila en el suelo.
El cielo todavía oscuro detrás de los cristales.
La chica cantando.
Y esa sensación maravillosa de estar a punto de irte a algún sitio, aunque todavía no supieras muy bien quién ibas a ser cuando volvieras.
Supongo que crecer también era eso.
Un andén. Una canción. Y un tren esperando.
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