La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0025

Yo no me llamo Javier: la canción de la cena de Navidad

Los Toreros Muertos 1986

Relato Semibiográfico

Las cenas de Navidad de los 80 tenían un ruido muy particular.

Copas chocando. Cubiertos. Villancicos sonando demasiado bajos para escucharlos de verdad. Adultos hablando todos a la vez. El televisor encendido en una esquina aunque nadie lo estuviera mirando.

Y luego estaba el olor.

Langostinos cocidos. Tabaco. Colonia fuerte. Café recién servido. Ese aire espeso de las casas llenas de gente donde las ventanas apenas se abrían porque fuera hacía frío.

En casa de mis abuelos siempre éramos demasiados alrededor de la mesa. Tíos, primos, parejas de primos, algún vecino que terminaba cenando allí «solo un rato». Los niños en una punta. Los mayores en la otra. Y en medio, fuentes eternas de turrón y cáscaras de gambas acumulándose como pequeñas montañas.

Yo solía sentarme en un rincón. Desde ahí podía verlo todo sin tener que participar demasiado.

Y también podía detectar cuándo mi tía Pilar venía hacia mí con preguntas.

—¿Y tú qué, Javier? ¿Cómo te va?

No me llamo Javier.

Nunca me llamé Javier.

Pero ella llevaba años confundiéndome con mi primo y, llegado un punto, corregirla ya daba más pereza que dejarla seguir.

Además, qué sé yo… cuando tienes cierta edad, hay preguntas que incomodan aunque sean normales.

Qué vas a estudiar. Qué quieres hacer con tu vida. Si tienes novia. Si sigues con «lo de la música».

Yo respondía poco. Miraba la mesa. El mantel individual que habían puesto delante de mi plato —uno de propaganda de un restaurante chino— y seguía con el dedo los dibujos del zodiaco chino mientras los adultos hablaban por encima.

Y entonces sonó una canción.

Los Toreros Muertos.
«Yo no me llamo Javier».
1986.

Recuerdo perfectamente el momento porque mi primo mayor se empezó a reír al instante.

La canción era rara. Divertida. Un poco absurda. Muy de Los Toreros Muertos. Tenía ese humor incómodo y medio surrealista que tenía Pablo Carbonell, como si nunca quedara claro si la canción iba en broma o iba totalmente en serio.

Pero cuando escuché el estribillo...

«Yo no me llamo Javier…»

...algo hizo clic dentro de mí.

No porque la canción hablara exactamente de lo que me estaba pasando. Seguramente no iba de eso. Pero da igual.

A veces una canción se cruza contigo en el momento exacto y ya está.

Y allí estaba yo, sentado en una mesa llena de gente, escuchando cómo alguien cantaba que no era quien los demás creían. Mientras mi tía, dos sillas más allá, seguía llamándome Javier.

Recuerdo bajar la vista hacia el mantel chino y repetir la frase por dentro, casi como un pensamiento secreto.

Yo no me llamo Javier.

Con los años entendí que aquella sensación no tenía tanto que ver con el nombre.

Era otra cosa.

Era esa época rara en la que todavía no sabes bien quién eres, pero empiezas a notar perfectamente quién no quieres ser. Y cualquier tontería —una canción absurda, un comentario en la cena, una frase escuchada al azar— se te queda dentro como si alguien hubiera encendido una luz pequeña.

Mi tía Pilar ya no está. Mis abuelos tampoco. Las cenas de Navidad cambiaron, como cambian todas las cosas que parecían eternas.

Pero cada vez que escucho aquella canción vuelvo un segundo a esa mesa.

A los langostinos.
Al ruido de fondo.
Al mantel del restaurante chino.

Y a esa sensación tan adolescente y tan difícil de explicar de pensar:

«No sé muy bien quién soy todavía… pero sé que no soy ese.»

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