La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

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Danza Invisible

Torremolinos, 1981. Ricardo Texidó, proveniente del grupo de new wave Cámara, se unió a Chris Navas y Manolo Rubio, del grupo punk Adrenalina, para dar forma a Danza Invisible. Su ventaja era única: Torremolinos era un hervidero internacional donde grupos como Simple Minds, U2, The Police o Talking Heads no eran referentes lejanos, sino música que se respiraba cada día en los pubs frecuentados por turistas británicos. Esa mezcla de influencias foráneas con el carácter sureño y rebelde de la banda creó una identidad que no se parecía a nada de lo que se hacía entonces en la capital.

En 1982 llegó Javier Ojeda, un chico de 17 años que no se atrevía a mirar al público cuando cantaba, pero cuya voz impresionó a Texidó hasta el punto de cederle el micrófono. El primer premio en el festival Alcazaba de Jerez les abrió las puertas de la industria, y su llegada al mítico Rock-Ola de Madrid hizo el resto: eran los únicos andaluces que se codeaban con la élite de la Movida. Su catálogo es una sucesión de momentos irrepetibles: "Sin aliento", grabada en los estudios Yellow-2 de Manchester con Lisa Stansfield en los coros; "Sabor de amor", que estuvo a punto de quedarse fuera del disco y se convirtió en himno generacional; y "A este lado de la carretera", su magistral versión del "Bright Side of the Road" de Van Morrison.

Su longevidad lo dice todo: más de 1.300 conciertos, 4 discos de oro y 2 de platino, y una formación que se mantuvo prácticamente intacta durante cuatro décadas. En 2024 echaron el cierre, pero su legado permanece. Danza Invisible fue la prueba viviente de que el talento no entiende de capitales, la banda que puso ritmo a la libertad y demostró que la Movida no solo era cosa de Madrid. Hay bandas que triunfan, y bandas que crean escuela. Danza Invisible hizo las dos cosas.

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