La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0066

Llanto de pasión: la canción que sonó en la Monumental la noche que todo cambió

Relato Semibiográfico

El tren salió de Atocha un viernes por la mañana, con el sol todavía bajo y la ciudad de Madrid aún a medio despertar. Éramos cuatro. Yo tenía dieciocho años y una mochila con dos camisetas, el disco nuevo de El Último de la Fila y una entrada para el concierto del lunes en la Monumental de Barcelona. El lunes 13 de junio de 1988. Lo recuerdo porque Rafa —el que siempre llevaba el dinero del grupo— lo repitió tres veces mientras esperábamos en el andén: «Lunes, Monumental, no os olvidéis». Como si alguno de nosotros pudiera olvidarlo.

—¿Habéis escuchado el disco? —preguntó Marcos en cuanto el tren arrancó.

—Yo sí —dije.

—¿Y?

Me quedé un momento mirando por la ventana. Afuera pasaban los últimos bloques del extrarradio, grises y repetidos como un argumento que no va a ningún lado. Y entonces, sin saber muy bien por qué, pensé en todas las veces que había escuchado aquella canción en mi cuarto, con los cascos puestos, las persianas bajadas, y ese silencio tan tuyo que solo existe cuando nadie te mira. Pensé que aquel viaje, aquella entrada, aquella noche, no era solo un concierto. Era como una promesa que había que cumplir, aunque no supieras muy bien quién la había hecho.

—Es distinto —dije al final—. Más quieto. Pero hay una canción que no me puedo quitar de la cabeza.

—¿Cuál?

—La última. «Llanto de pasión».

Marcos frunció el ceño. El cuarto del grupo, Julián, que había estado dormido desde Madrid, abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Rafa sacó de la mochila un bocadillo envuelto en papel de aluminio y empezó a comerlo sin decir nada. Éramos así: cuatro tipos que no necesitaban hablar mucho para entenderse, y que quizá por eso mismo se entendían tan bien.

El Último de la Fila. «Llanto de pasión». 1988.

Había escuchado el disco tres veces seguidas la semana anterior, en mi cuarto, con los cascos puestos para no despertar a nadie. Como la cabeza al sombrero era diferente a los dos anteriores: más acústico, más suave, grabado ese mismo año en el Studio Miraval de Francia, con Manolo García y Quimi Portet llevando la producción ellos solos. Algunos decían que se habían domesticado. Yo no lo veía así. Lo que oía era una banda que había decidido dejar de pelear con el volumen y empezar a pelear con la letra. Y «Llanto de pasión» era la prueba: cinco minutos de canción que describía el deseo como una corriente subterránea, una fuerza que te arrastraba sin pedir permiso y que sigue avanzando aunque intentaras resistirte. No era una canción de amor. Era una canción sobre lo que el amor puede tener de oscuro y de inevitable. Y yo, a los dieciocho años, todavía no sabía muy bien qué hacer con esa idea, pero sabía que era verdad antes de haberla vivido. Y eso, de alguna manera, era todavía más inquietante.

Barcelona nos recibió con calor y con esa luz de junio que lo pone todo bajo sospecha. Nos alojamos en una pensión de la calle Tallers, en el Raval, que olía a humedad y a colchones viejos y costaba ochocientas pesetas por cabeza. La dueña era una mujer de unos sesenta años que nos miró como si supiéramos algo que no debiéramos saber. «Silencio después de las once», nos dijo, y cerró la puerta de su cuarto con una llave que parecía de otra época. Pasamos el fin de semana deambulando por la ciudad: Las Ramblas, el Born, la Barceloneta con el olor a salitre y a bocadillos de calamares. Julián se perdió el domingo por la tarde y no apareció hasta la mañana siguiente, sin dar explicaciones. Rafa perdió la cartera el sábado y la recuperó el domingo en la comisaría de Nou de la Rambla, con todos los billetes dentro y sin el carné de identidad. Barcelona era así: una ciudad que te daba cosas con una mano y te quitaba otras con la otra, y tú nunca sabías muy bien cuál de las dos manos mirar. Y quizá por eso la recuerdo con tanta claridad: porque no era una ciudad que te lo pusiera fácil, pero cuando te daba algo, era de verdad.

El lunes llegamos a la Monumental con tiempo de sobra. La plaza estaba en la Gran Via con la calle Marina, en el Eixample, con su fachada de ladrillo rojo y sus adornos neomudéjares que la hacían parecer una mezquita disfrazada de plaza de toros. Tenía un aforo de casi veinte mil personas y aquella noche iba a estar llena. Lo noté en cuanto doblamos la esquina: la gente llegaba desde todas las direcciones, en grupos, con camisetas del grupo, con el disco nuevo bajo el brazo. Alguien a mi lado tarareaba algo que no reconocí. Marcos me dio un codazo.

—Esto va a ser grande —dijo.

—Ya lo es —contesté. Y en ese momento, mientras decía esas palabras, supe que no me refería solo al concierto. Me refería a nosotros, a estar allí, a haber llegado hasta allí, a todo lo que habíamos hecho para estar en aquella esquina de la Gran Via, con el sol de junio poniéndose sobre los tejados de Barcelona.

Cuando Manolo García salió al escenario, la Monumental entera soltó un grito que rebotó contra las gradas y volvió de vuelta amplificado, como si el edificio también estuviera cantando. García tenía algo que pocos cantantes tienen: la capacidad de hacer que veinte mil personas se sintieran en una sala pequeña. Hablaba entre canción y canción como si nos conociera de antes, como si fuéramos amigos de toda la vida que se habían juntado a escuchar música en su casa. Quimi Portet estaba a su lado, con esa actitud suya de tipo que toca la guitarra como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas complicado y ya supiera la solución. Juntos funcionaban como un mecanismo de relojería: cada uno en su sitio, cada uno sabiendo exactamente cuánto espacio ocupar. Yo miraba el escenario y pensaba que aquello era el sitio exacto donde quería estar, y que no había ningún otro lugar en el mundo en ese momento que valiera más la pena.

«Llanto de pasión» llegó tarde en el concierto, cuando la noche ya era noche de verdad y el cielo sobre la Monumental tenía ese color de tinta que solo tienen los veranos en Barcelona. Manolo dejó que los primeros acordes de Quimi flotaran un momento solos, sin cantar, sin decir nada, solo dejando que el silencio hiciera su trabajo. Y en ese silencio, la Monumental entera se quedó quieta. No había un murmullo, no había un grito, no había nada que no fuera el sonido de la guitarra de Quimi y el aire quieto. Y entonces empezó. Y era exactamente como yo lo había oído en mi cuarto con los cascos puestos, pero multiplicado por veinte mil, y al mismo tiempo era completamente diferente, porque una canción en un disco es una cosa y la misma canción en directo es otra cosa distinta que no tiene nombre. Era como si Manolo García estuviera cantando solo para cada uno de nosotros, y al mismo tiempo para todos. Y entendí, en ese momento, que la música no era solo sonido: era un sitio al que podías ir y donde podías quedarte.

Rafa, que no había dicho nada en toda la noche, se giró hacia mí con una cara que no le había visto nunca. Tenía los ojos brillantes, y no era solo por la luz del escenario. Abrió la boca, como si fuera a decir algo, y al final solo dijo:

—Joder.

Eso era todo. Eso era suficiente. Porque a veces lo más grande que puedes decir es lo que no necesita palabras.

Volvimos a Madrid el martes en el primer tren de la mañana. Nadie habló mucho. Julián se durmió antes de salir de la estación. Marcos miraba por la ventana con una expresión que no supe descifrar. Rafa encontró su carné de identidad en el bolsillo interior de la chaqueta donde lo había guardado él mismo y no se había acordado. Yo tenía el programa del concierto doblado en el bolsillo trasero del vaquero y la canción todavía dentro, moviéndose despacio, ocupando un espacio que antes estaba vacío y que desde esa noche ya no volvería a estarlo. Y supe que aquella canción, aquella noche, aquella ciudad, no eran solo un recuerdo. Eran algo que llevaría conmigo, sin saber muy bien cómo, durante el resto de mi vida.

La canción sigue sonando. Y todavía no sé muy bien qué hacer con ella. Pero sé que no quiero que se vaya.

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