La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0019

Voca de Dios: el grito que nadie pidió en la verbena

Decibelios 1984

Relato Semibiográfico

Las verbenas de los pueblos tenían un olor concreto.

No olían solo a churros. Ni a pólvora de los petardos que tiraban los niños.
Olían a mistela tibia servida en vasos de plástico.
A sudor mezclado con colonia barata.
Al aceite caliente de los churros que llevaba horas sin cambiarse.

Y en mitad de todo eso, sonaba música.

No la que elegías tú. La que elegía el ayuntamiento.
Pasodobles. Rumbas. Alguna orquesta que tocaba versiones de Los Chunguitos y se iba antes de que terminara la noche.

Pero una vez, una sola vez, sonó algo distinto.

La caseta tenía los altavoces metálicos, oxidados por la lluvia del invierno anterior. No se entendía bien lo que sonaba. Las voces llegaban distorsionadas, como si vinieran de otra parte. Como si alguien, en la cabina del pinchadiscos, se hubiera equivocado de cinta.

Y lo que salió no era para bailar.

Decibelios.
«Voca de Dios».
Barcelona, 1984.

No recuerdo quién la puso. Quizá el hijo del alcalde, que había estado en la mili en Barcelona y volvió con cintas raras. Quizá alguien que ni siquiera sabía lo que estaba sonando.

Pero recuerdo la guitarra.

Entraba sucia. Cortante. Como un cristal roto en mitad de la pista de baile. Las parejas se quedaron paradas. Los churros seguían friéndose. La gente no sabía si seguir moviéndose o esperar a que acabara.

La voz gritaba algo. No se entendía bien. Parecía un sermón al revés, una letanía enfadada, un reproche que nadie había pedido escuchar un sábado de agosto.

Pero los críos nos giramos.

No entendíamos nada. Ni el inglés macarrónico. Ni la rabia. Pero había algo en ese ritmo acelerado, en esa batería que golpeaba como si se fuera a salir de la caseta, que se nos quedó dentro.

Decibelios venían de Barcelona. Eran punk de barrio. De esos grupos que tocaban en locales donde el suelo se quedaba pegajoso de cerveza. Su cantante se hacía llamar Fray. Vestía como un skinhead, pero no de los que salían en los periódicos. De los otros. De los que iban a conciertos pequeños y se dejaban la voz gritando sobre el paro, la policía y los falsos profetas.

«Voca de Dios» era eso: un exabrupto contra los que hablan en nombre de alguien que no ha pedido que hablen por él.

Esa noche, en la verbena, aquello no tenía ningún sentido. Las luces de colores seguían encendidas. El tiovivo seguía dando vueltas. Los abuelos seguían sentados en sus sillas de plástico. Y en medio de todo, esa canción ardía.

Duró dos minutos y pico. Quizá tres. En mi memoria duró toda la noche.

Cuando terminó, el silencio fue raro. Un silencio cargado, como si alguien hubiera dicho algo que no debía en una cena familiar. Luego, el pinchadiscos —quien quiera que fuese— puso otra canción. Un pasodoble. O una rumba. Algo que devolvió la verbena a su sitio.

Pero yo ya no estaba en la verbena.

Algo se había movido dentro de mí. Algo que no sabía nombrar. Algo que sonaba a altavoces rotos y a guitarras sucias y a una voz que no pedía permiso.

Años después supe que Fray dejó la música. Colgó la cazadora y se hizo profesor de instituto. Dicen que seguía siendo el mismo. Que en el patio, cuando nadie miraba, seguía teniendo la misma mirada.

La verbena ya no existe. La caseta la desmontaron hace años. Los altavoces metálicos acabaron en algún almacén municipal o en la basura.

Pero «Voca de Dios» sigue ahí.

Sonando en alguna parte, un sábado de agosto, mientras los churros se fríen y los críos levantan la cabeza sin saber por qué.

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